SCI: síndrome del compromiso incómodo —una condición cercana a la Quinta Enmienda

Hasta esta crónica, el SIC no existía. Desde hoy, existe.

Salí a caminar premeditado, con el entrecejo fruncido, ofuscado. Esta vez, preferí caminar hacia el sur, pues me propuse despejar mi animosidad dando pasos apurados en medio del tráfico vehicular. Necesitaba a gritos una dosis de adrenalina en una especie de terapia de choque. Por esa razón tomé el sur, pues esa ruta logra estimular el trabajo de los instintos a diferencia de mis caminatas hacia el este, que me aportan cierta paz. Hacia el sur, la densidad de vehículos pasando, casi rosando mis brazos, a tan solo unos metros de mi cuerpo, se torna tan peligrosa y agresiva que me mantiene alerta durante toda mi caminata. 

Necesité menguar esa animosidad tóxica con la que salí, esas ganas de matar y comer del muerto. La idea de explicarme la reacción que me produjo la presencia del «Síndrome del Compromiso Incómodo (SCI)» me tenía irritado. Justificar ese síndrome requería de adrenalina y unas cuantas reflexiones profundas.

El objetivo de mi caminata estaba claramente identificado y no necesitaba reflexiones, más bien soluciones directas. Por eso dejé a mi Alter Ego tranquilo y no lo saqué a caminar. Ya los análisis y las consultas las venía haciendo desde hacía años, meses y días. Mi objetivo era convertir las incertidumbres en tautologías, en verdades absolutas, en verdades que me permitieran condensar en una idea la razón de ser de muchas razones, de razones disuasivas, inseguras, dubitativas y así sucesivamente. Hoy necesito tener la certeza de que la vida está resuelta como si fuera una tautología, tipo… «los círculos son redondos»; «el agua es líquida»; «un triángulo tiene tres lados» o… «el fuego es caliente».

Pero la frustración que me causa la dificultad de resolver la vida, de avanzar porque todo depende de personas VIP —ese estatus que proviene del inglés «Very Important Person», que se utiliza para referirse a alguien que recibe un trato especial o privilegiado debido a su rol, posición social, relevancia o contribución en cierto ámbito— me inquieta profundamente. Los VIP suelen recibir atenciones exclusivas, acceso preferencial a eventos, servicios personalizados, entre otros beneficios. Este término es comúnmente utilizado en la industria del entretenimiento, la política, los negocios y otros ámbitos donde se reconoce y valora la importancia de ciertas personas.

Sin embargo, cuando necesitas acercarte a una persona VIP, la mayoría de las veces debes partir del principio de que no eres un VIP sino un simple aspirante a convertirte en uno de ellos, y que buscas que uno de estos seres privilegiados te otorgue alguna cita, o te apruebe un crédito, o te ayude con una iniciativa propia, casi siempre sin éxito alguno. Por lo general los seres VIP no se dejan encontrar cuando tú los buscas, pero ellos sí te encuentran cada vez que necesitan que tú les ayudes a engrandecer su investidura.

Pero… ¿qué me ofuscó hoy y me tiene caminando hacia el sur? Ese desánimo que me causa ver tantos mensajes que he enviado y que no tienen respuesta oportuna, o que no tienen respuesta positiva. ¿Será que definitivamente no soy un VIP y no soy consciente de eso? En fin, para ser un VIP de un banco debes tener ya dinero guardado en tu cuenta o en forma de patrimonio y… ¿qué sucede si no lo tienes? Simplemente no eres VIP. Eso es tan solo un ejemplo. Todo es un oropel.

Hoy tuve una cita con un considerado VIP a quien busqué para lograr activar su entusiasmo frente a un proyecto que deseo impulsar y que tiene que ver con literatura. Es un VIP que había estudiado y de quien me figuré obtendría mayor beneficio de aquella cita. Cuando lo saludé y rompimos el hielo, para entrar en confianza él me dijo, frotándose las manos y esbozando una sonrisa burlona:

—Bueno, cuéntame, ¿qué se siente ser un gran escritor pobre?

No le contesté porque quería procesar esa pregunta desobligante disfrazada de simpatía. Le respondí con una sonrisa fingida, pues noté su altanería, y las ganas de torcerle el cuello las retuve dentro de mí. Por la pregunta comprendí que él, de entrada, estaba prevenido, rechazando mis intenciones pese a que aún ni las conocía. «El instinto del prestidigitador»: un mecanismo de defensa que esgrimió para que con su sicosis locuaz mis intenciones se desmoronaran.

Entonces comprendí que aquel personaje estaba surfeando en las aguas turbulentas de una condición que me inventé de tanto enfrentarla y que bauticé como el «Síndrome del Compromiso Incómodo (SCI)», pues, como tal, sus mensajes y posturas subliminales apuntaban a esa necesidad imperiosa de soltarse con evasivas de lo que pudiera ser un compromiso, así ni siquiera supiera de qué se trataba.

La verdad, su actitud logró desarmar mi entusiasmo y procesar en microsegundos por dónde iban las animadversiones. Entonces renuncié a comentarle mis ideas y opté por disfrutar de un capuchino que ordenamos como parte del protocolo y en celebración de nuestro encuentro. Me concentré, como una forma de rescatar la reunión y la armonía, en hacerlo hablar de él, de sus éxitos, de sus felicidades y de sus logros profesionales.

Descubrí que el pobre navegaba en esas aguas de quien, sin ser VIP, también ha pasado su vida al servicio de VIP, comprándoles todo cuanto ellos te quieran vender pues nunca te compran nada de lo que tú vendes. Descubrí que mi amigo VIP trató por todos los medios de justificarse como un hombre feliz pese a la infelicidad que denostaba su pedantería. Eso me indicó que no debes buscar un VIP que nunca haya compartido malos momentos, sino uno que aparente llevar una vida monótona y plena de felicidades.

Deduje que ese VIP sabía mucho de tautologías. Entonces acoté:

—Ser escritor pobre se siente bien, es el resultado de una vocación poco materialista.

Es decir, él me saludó aferrándose a una tautología probada: ser escritor independiente en estos tiempos significa ser un escritor pobre. Bueno, esto se acerca a las tautologías aunque no en un 100 %, pues algunos escritores, siendo independientes, no son pobres. Con ese consuelo me quedo. El mundo está diseñado para que los VIP sean más VIP y los que no, sigamos ante sus ojos siendo unos «comemierdas», evocando esa hermosa expresión de los cubanos del exilio que define con un marco filosófico a todos aquellos seres que en el mundo no son VIP en ninguna circunstancia.

Por alguna razón asocié el «Síndrome del Compromiso Incómodo» con la Quinta Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos y con la novela «Un mundo feliz» de Aldous Huxley, por lo distópico que resulta proyectarse. En la enmienda porque establece uno de los derechos más conocidos: el derecho de una persona a no obligarse a testificar en su contra en un juicio penal. Este derecho es conocido como el derecho contra la autoincriminación. Cuando alguien «evoca la Quinta Enmienda» significa que se niega a responder preguntas o proporcionar información que pueda incriminarlo en un delito. Es una protección fundamental para garantizar que las personas no sean obligadas a incriminarse a sí mismas en un proceso legal. En iguales circunstancias de libertad de evocar la Quinta Enmienda se está al acogerse al «Síndrome del Compromiso Incómodo», para no tener que dar explicaciones impertinentes ni dejar al descubierto su propia condición humana.

Regresé a mi casa tranquilo, luego de tres millas intensas caminando de ida hacia el sur y luego regresando hacia el norte. Me tomó una hora dilucidar mis estados de ánimo y comprender que la vida solo nos garantiza la existencia; lo demás lo resuelves tú mismo.

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