
Crypto, la nueva fe del materialismo
© 2021 · Autor: William Castaño-Bedoya
El título de la canción universalmente conocida como What Color is God’s Skin?, creada en 1968, por Tom Wilkes & David Stevenson, y difundida al mundo por un grupo al que pertenecían, llamado “Up With People”, se convirtió en un cuestionamiento que se hacen quienes obedecen, o no, a doctrinas y dogmas. Los ateos la usan para demostrar que no hay respuestas precisas a la existencia de Dios, sino disuasivas, y los no ateos, para aseverar que Dios son ellos mismos y como tal prestan el color de sus pieles para demostrarlo.
En la canción, antes de quedar dormido, un pequeño le pregunta a su padre: “Tell me Daddy what color’s God’s skin?” (“Dime padre, ¿de qué color es la piel de Dios?”), el padre le responde con la misma pregunta: “What color is God’s skin?” (“¿De qué color es la piel de Dios?”) y luego lo disuade con infinita ternura diciendo: “I said it’s black brown it’s yellow, It is red it is white. Ev’ry man’s the same in the good Lord’s sight.”, lo que en español sería: (“Dije negra, amarilla, roja y blanca es. Todos son iguales a los ojos de Dios”)
Si Tom y David se hubieran percatado del efecto mundial que generaron con esa pregunta, quizás hubieran buscado un verdadero axioma y lo hubieran publicado como la respuesta del padre al pequeñín. Entendamos que un axioma es una proposición tan clara y evidente que se admite sin demostración. Imaginemos por un segundo que ese pequeñín no hubiera quedado satisfecho con la respuesta de su padre, es decir, que le hubiera dado por increparlo diciéndole: “No Daddy, those are the colors of our skins, but, tell me Daddy, what color’s God’s skin?” lo que en español sería: (“No padre, esos son los colores de nuestra piel, pero lo que yo te pregunté fue… ¿de qué color es la piel de Dios?)
Estos días recibí la visita de un sobrino que vino desde Colombia a conocer los Estados Unidos. Mi sobrino es un millenial, —joven adulto entrando en sus treinta, es decir, entrando ya en sus afujías de hombre grande, de hombre experimentado que tiene argumentos tan profundos como para explicar todo aquello que lo excita y lo que no—. Nos quedamos conversando una noche en la sala de la casa y, después de varios temas y remembranzas familiares, llegué a descubrir que él es un ferviente seguidor de la nueva onda de las criptomonedas. Debo confesar que entré en admiración profunda por los conocimientos que sobre el tema él desplegó, por la seguridad con la que defiende ese macro cosmos, pues, aunque tengo experiencia en tecnologías y sus aplicaciones a la modernidad de nuestro mundo, yo tan solo soy un observador y el tema del Crypto me enviste aunque trato y trato de comprenderlo, de dimensionarlo y de convertirlo para mi, en un axioma con tanto poder, que lo menos que debería hacer sería empeñar mi casa y con el dinerito que me quede jugar al cryptocurrency, es decir, a poner mi dinero como un diezmo a una nueva iglesia que se inventó el hombre y de la cual no sabe explicar… ¿De qué color es la piel del Crypto?
En plena charla, saqué mi teléfono y googoleé la pregunta clásica que hacemos todos aquellos ignorantes de la modernidad: “¿Que es una criptomoneda?”, y Google me contestó lo mismo que me recitó mi sobrino. Pareciera que Google hubiera sido mi sobrino haciendo de ventrílocuo en mi teléfono, la respuesta fue: “Es un activo digital que emplea un cifrado criptográfico para garantizar su titularidad y asegurar la integridad de las transacciones, y controlar la creación de unidades adicionales, es decir, evitar que alguien pueda hacer copias como haríamos, por ejemplo, con una foto. Estas monedas no existen de forma física: se almacenan en una cartera digital”.
Recuerdo que me rasqué la cabeza y noté como él, mi sobrino, se conmiseró conmigo por mi ignorancia, lo único que pude cuestionar, por simple reflejo, ante mi perdida ruta al entendimiento fue: “¿Y entonces cuál es su polo a tierra, qué respalda al Crypto?” El sobrino se rio una vez más separando su mirada de la mía, yo pensé que él no quería sostener contacto visual con mis ojos y que en su paneo de cabeza buscaba una respuesta axiomática. Me miró aún con más ternura, como lo hizo aquel padre de la canción What Color is God’s Skin?, pero no me contestó ipso facto. Fue entonces cuando noté que él no tenía ningún axioma como respuesta, sino que me recitaría lo mismo que recitan, en Google, los precursores de esta nueva religión materialista, es decir, me dijo: “Las criptomonedas cuentan con diversas características diferenciadoras respecto a los sistemas tradicionales: no están reguladas ni controladas por ninguna institución y no requieren de intermediaros en las transacciones. Se usa una base de datos descentralizada, “blockchain” o registro contable compartido, para el control de estas transacciones”.
Entendí una a una las palabras, inclusive lo del blockchain, que se explica como ese búnker donde todo se garantiza como seguro e infranqueable, pero no le hallé sentido alguno, aunque traté, fue como si me hubieran dicho que Dios es amor y listo y que el blockchain es como el cielo donde se cree que reside Dios. Es decir, quedé con la misma pregunta sin respuesta. Fue cuando hice en mi mente una analogía con la pregunta de esa icónica canción de Tom y David, donde el pequeño preguntaba a su padre cuál era el polo a tierra de Dios. Me paré y le ofrecí un cafecito colado, tipo cubano y él lo aceptó pese a estar tarde, de noche, igual, se pondría a jugar video juegos y el sueño no se le echaría a perder. Cuando regresé con el shot de café, Le tiré una preguntica rompedora como para ponerle humor a la conversa, le pregunté: “¿Entonces para ti Dios es amor?”, él me contestó: “No se tío, Yo soy ateo”. “No pareces ateo”, le contesté, “has hecho de la Crypto tu Dios”, entonces nos desternillamos de la risa.
Comprendí que las criptomonedas conforman para sus fieles y difuntos una nueva religión materialista, con teología y todo, es, para sus seguidores, una nueva imagen de Dios hecho Crypto, ojo, no dije Dios hecho Cristo, que enloquece con fervor a todos, donde se ofrecen —invierten— diezmos, en millones y millones de nuevas Iglesias virtuales, que brotan en forma de nuevas aplicaciones con bellos gráficos que se mueven hacia arriba y hacia abajo indicando que, si se tiene fe, se logrará la riqueza prometida, porque la riqueza conforma los nuevos valores de la fe de nuestra generación en vida.
Oremos por la salvación de la riqueza prometida: … Smartphone nuestro, que estás en la nube, cryptificado sea tu nombre, no nos dejes caer en la ruina, y líbranos de toda especulación, danos hoy tu bendición y líbranos de todo hack, Amén.
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William Castaño
William es un escritor Colombo estadounidense que cautiva al lector con su habilidad para plasmar las experiencias únicas y las luchas universales de la humanidad. Originario del Eje Cafetero de Colombia, nació en Armenia y pasó su juventud en Bogotá, donde estudió Marketing y Publicidad en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. En la década de 1980, emigró a Estados Unidos, donde se naturalizó como ciudadano estadounidense y desempeñó roles destacados como líder creativo y de imagen para proyectos de grandes corporaciones. Después de una exitosa carrera en el mundo del marketing, William decidió dedicarse por completo a su verdadera pasión: la literatura. A principios de siglo comenzó a escribir, pero fue en 2018 cuando tomó la decisión de hacer de la escritura su principal ocupación. Actualmente, reside en Coral Gables, Florida, donde encuentra inspiración para sus obras. El estilo de escritura de William se distingue por su profundidad, humanidad y autenticidad. Entre sus obras más destacadas se encuentran ‘Nos Vemos en Estocolmo’, ‘Los Mendigos de la luz de Mercurio: We the Other People’, ‘El Galpón’, ‘Flores para María Sucel’ y ‘Los Monólogos de Ludovico’.