Las fronteras no siempre se cierran con decretos; a veces se cierran en la memoria de quienes aprendieron a cruzarlas huyendo. Las cicatrices del desplazamiento no desaparecen cuando los gobiernos anuncian cambios de rumbo.
En medio de ese cansancio colectivo, una breve nota —publicada por ASSOCIATED PRESS el 4 de octubre de 2021— anunciaba la reapertura de la frontera entre Venezuela y Colombia.
Ese día, durante mi caminata de tres millas, no pude apartar de mi mente el sentido de lo fallido. Para muchos, después de tantos años de éxodo y ruptura, la noticia llegaba demasiado tarde.
Y entonces me dije:
¿Ya pa’ qué?
¿Ya pa’ qué?
Si a la niña de los Mejía ya la violaron los coyotes en el cruce a Guatemala. La vieron jovencita y bella y le echaron mano.
Pedrito, el de los Martínez, se hirió en el fango de una trocha por donde huía de los terrores de tu régimen. El pie se le gangrenó. Pedrito murió.
Los Hernández llevan años pidiendo limosna de esquina en esquina, de pueblo en pueblo, de país en país: Colombia, Ecuador, Perú, Brasil… todo el mundo.
Teresita González vio morir a su niño en sus brazos. Murió de hambre, aunque ya se había acostumbrado a no comer.
Cuando miran atrás, caminando sin brújula, los Ahumada ya no ven la casita que sus padres les construyeron. Ustedes la expropiaron. Se quedaron con su patrimonio.
El alma de los Páez está muda. Sus ojos se acostumbraron a la desesperanza que les impusiste.
Todo lo del empresario Buendía —el que daba trabajo a casi todo el barrio— se lo robaron ustedes: sus empresas, su dignidad, su ilusión de patria.
Estamos lejos por tu culpa, sin pasaje de regreso; lejos como millones de pasos sobre los asfaltos ardientes de Latinoamérica, como millones de suelas desgastadas, o los pies descalzos.
Ya no somos todos. Nos tocó vivir la pandemia bajo los puentes, bajo las avenidas, bajo la lluvia y el sol. Bajo tu dominio siniestro.
Nachito, el mayor de los Pérez, está preso en la frontera con Argentina. Robó comida para sus viejos, que exhaustos y hambrientos lo esperaban. Muchos viejos han muerto, y no de vejez.
Nos volviste parias.
Cruzamos otras fronteras: Colombia, Ecuador, México. Países que nos ofrecen un cóctel de lástima, miedo, odio y compasión.
En todas partes nos ven como gitanos, ladrones, invasivos. La dignidad ya no se nos nota.
Nos acostumbramos a ver pasar los cadáveres de amigos y conocidos por los ríos que bordean nuestro trasegar.
Ya no nos sorprende ver cómo queman nuestros cambuches para expulsarnos de cualquier parque o esquina.
¿Ya pa’ qué, señor dictador?
¿Ya pa’ qué?
¿Ya pa’ qué?
¿Ya pa’ qué?
Dígame usted, señor terror:
¿ya pa’ qué abrir las fronteras
si la mesa está vacía
y lo robado
desaparecido está?