Hay libros que uno posterga durante años, quizá por respeto o por temor a su tamaño. A mí me ocurrió con 2666, la novela monumental de Roberto Bolaño.
La entrevista que realizó Cristián Warnken, profesor de literatura y celebridad de la intelectualidad chilena, en 1999 a Roberto Bolaño —fallecido cuatro años después— me indujo a explorar a este escritor. En esa búsqueda encontré un número mágico, misterioso: 2666.
Entonces busqué una respuesta por medio de una escueta ciberplática con un amigo que, al igual que Bolaño, dedica su vida con ilusión a la literatura:
Yo: Hola, feliz sábado. ¿Alguna vez leíste 2666?
Él: No. Es un mamotreto como de mil páginas. Lo que sí leí fue Los detectives salvajes y algunos cuentos.
Yo: Pero… ¿intentaste leerla?
Él: Pues es que exige mucho tiempo, pero te aseguro que vale la pena. El hombre es muy bueno.
Yo: Gracias. Que tengas un feliz día.
Pese a escuchar, en bohemias y tertulias, tantas cosas buenas sobre Roberto Bolaño, nunca lo había leído. No fue justo no haberlo hecho. Me escudo quizá en que la vida no me lo había permitido o porque simplemente el destino no me había retado a hacerlo.
Siempre hay una motivación por la cual abordo una obra literaria. Esta vez me motivó imaginar a Bolaño escribiendo esta obra majestuosa sin dejar de pensar en su familia. Él estaba enfermo y en su mente quizá galopaba el dolor que inflige la incertidumbre de una posible muerte temprana, o tal vez un desahucio interior.
A los tres días recibí en mi casa una pequeña caja de cartón y dentro de ella, retador como él solo, estaba el libro de Bolaño. Se me asemejó a un toro de casta, de esos que escarban la arena y la arrojan hacia atrás mientras por sus narices soplan humo. Uno de esos toros conocidos como alfa, dominantes.
2666 estaba frente a mí: un libro alfa que marcaba territorio en mi propia casa, donde yo habría de aplicarle unas verónicas o unas chicuelinas, siempre respetando el ejemplar.
Ese día la plaza de mis ilusiones se colmó de esa necesidad de disfrutar de la lectura brava. Libro en mano y gafas estribadas, me dispuse a enfrentar 2666, es decir, 1123 páginas en tipografía de diez puntos.
Una obra espesa, pero que goza de la viscosidad necesaria en cada página como para no empalagar. El punto de sabor que le impregna Bolaño a su obra es aquel al que se refería un gran amigo que evoco hoy: un amigo de ojos tiernos y mirada sabia, un hombrecillo octogenario del que mucho aprendí, que nos dejó hace más de veinte años. Su nombre sigue siendo Orley Pereira, artista plástico en vida, tan brasileño como la samba, persona grata, muy espiritual, muy talentoso.
Él sostenía:
“La mano de Dios está presente en ese momento donde una obra hecha por el hombre no necesita más ni menos para parecer perfecta”.
El sabor que le imprimió Bolaño a 2666, aunque se dice que no fue del todo terminada en carpintería y otras cosas que ya ni importan, no necesitó ni más ni menos palabras para llegar a ser lo que es hoy: un referente mundial de nuestra literatura nacida en español.
Puedo imaginarme a Bolaño y a Orley departiendo sabiduría por allá donde quiera que estén.
Me dejé llevar por la pluma y sus imágenes. Bolaño aborda varias temáticas: los feminicidios recientes en México, donde el autor vivió gran parte de su vida; el frente oriental en la Segunda Guerra Mundial; el mundo de los intelectuales y académicos; las enfermedades mentales; el periodismo; y, en general, la presentación del siglo XX como un siglo en decadencia.
La primera parte, La parte de los críticos, me mostró, en cierta medida, cómo la intelectualidad puede crear con su juicio poderoso a un gran autor.
En esta sección, Bolaño da vida a cuatro intelectuales: un francés llamado Jean-Claude Pelletier, un italiano de nombre Piero Morini, el español Manuel Espinoza y una interesante —y para mi gusto no menos seductora— profesora inglesa llamada Liz Norton, de la cual, como de los otros personajes mencionados, yo también me enamoré como lector.
Estos cuatro personajes buscan con esmero la presencia del escritor alemán Benno von Archimboldi, a quien nunca llegan a conocer, pues su presencia física es un gran misterio pese a la omnipresencia que le atribuyen. Llegan incluso a considerarlo merecedor del Premio Nobel de Literatura.
La búsqueda de Archimboldi los lleva a México, geografía que impera en la obra y que, a la postre, entrelaza las cinco partes de 2666.
Confieso que la primera parte —La parte de los críticos— junto a la quinta —La parte de Archimboldi— me hicieron pensar acerca del oficio de escribir y del oficio de publicar, en el sentido que imperaba en la época en la que Bolaño sitúa su historia.
Cuando Archimboldi comenzó a escribir, en medio de la Segunda Guerra Mundial, el éxito dependía casi exclusivamente de los mejores editores e impresores de Alemania, quienes debían estar alineados con Hitler y su régimen.
A Archimboldi lo impulsa un editor llamado Bubis, esposo de una baronesa que entra en affaires con Archimboldi. Bolaño deja notar con un desdén muy subliminal cómo Bubis llega a publicarlo sin siquiera leer sus manuscritos, sin digerirlos ni mostrarse particularmente sorprendido por ellos.
2666 logra que el lector se involucre en la investigación de los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, México, en La parte de los asesinatos. Allí aparece Archimboldi y queda emparentado con un posible asesino en serie que comparte su sangre, en el contexto de los años noventa del siglo XX.
Al leer esta obra no dejo de pensar en la enorme cantidad de experiencias y aprendizajes que debió reunir el autor para retratar no solo ese drama abominable, sino también los temas de la guerra y la posguerra, los campos de concentración y la vida del mundo intelectual que lo rodeaba.
Leyendo La parte de Archimboldi establecí ciertas analogías con El esclavo, de Isaac Bashevis Singer, por el tema de los judíos perseguidos, y me trasladé mentalmente a la Polonia del siglo XVII.
¿Recomiendo la lectura de 2666?
Sí.