No puede el agobio ser más fuerte que yo. Y aunque estoy acostumbrado a enfrentar los cambios, pertenezco a una generación que ha sido testigo del mayor desarrollo tecnológico de la historia.Televisión, telefonía, fax, computadoras personales; luego internet y ahora la inteligencia artificial.
Mientras camino mis tres millas trato de comprender lo discordante que ha resultado presenciar tantos saltos en una sola generación. Recuerdo cuando llegaron las primeras computadoras personales, muchos trabajadores se negaban a usarlas y preferían seguir codificando datos manualmente en largas resmas de papel que luego se tabulaban. Nadie sabía muy bien cómo se procesaban aquellos datos dentro de máquinas enormes, de varios metros de altura y de ancho, que parecían más cercanas a una fábrica que a una oficina.
Pensando en eso camino y reflexiono. Entonces existía resistencia al cambio. Hoy pareciera que ya no. Los cambios ocurren a una velocidad tal que resulta imposible resistirse a ellos. Simplemente suceden.
La muerte es un castigo para el cuerpo cuando ya no puede hacer más el milagro de existir; por tal razón, como temor extremo, nos resistimos a cambiar la vida por la muerte. El miedo, según Sócrates, es la anticipación de un mal evidente. En eso coinciden filósofos y pensadores.
La simbiosis entre la resistencia al cambio y el miedo, como su acelerador, es generada en nuestro cerebro no como un acto de pensamiento, sino como un instinto de conservación. Sin embargo, pareciera que la muerte, en nuestros días, es una palabra menos asociada al temor al cambio extremo. Ante la conciencia colectiva de la humanidad, la muerte ya no produce miedo y se asume como un componente de la casuística. El valor de la vida parece nutrirse más de la ostentación del logro y del orgullo que de la dignidad de la existencia.
Antes de la aparición del internet y del desaforo de la tecnología, los cambios no agredían a los humanos con tanta fuerza y, como consecuencia, el instinto de conservación poco estaba llamado a demostrar su valentía. Hoy por hoy, los cambios se presentan con una velocidad tan acelerada que nuestra resistencia intuitiva ha quedado relegada y se ha transformado en aceptación circunstancial. Ahora no logramos determinar si un cambio que nos sobrepasa, sin haber sido auditado en nuestra conciencia, es bueno o malo.
La tendencia es que nuestra humanidad está asumiendo a priori que todo aquello que se sofistica es una novedad. Los cambios están llegando de forma inconsulta y paradójica. Cambios y mutaciones tóxicas están pasando sin ser expuestas a ese acto de resistencia.
Resulta inconsulto, por ejemplo, que un arma nuclear se sofistique para que tenga aún más alcance letal en nombre de la evolución. La destrucción de la humanidad no debe estar puesta en manos del hombre, pues no le asiste el derecho de generar cambios que conduzcan a una inmolación generalizada.
Con esa evolución que, lejos de llenarnos de orgullo, podría aterrarnos, el hombre pretende controlar la humanidad de una manera casi sobrenatural. Pues lo natural tiene que ver con lo que la tierra hace para generar sus propios cambios: sus terremotos, sus ajustes atmosféricos con huracanes, tifones y tornados, o sus niveles de pesos y contrapesos con deshielos e inundaciones. Los cambios que ejecuta el hombre deberían proteger la vida de los seres vivos frente a los cambios naturales.
Lo cierto es que las transformaciones se nos están presentando cuando ya no podemos resistirnos a ellas; las adoptamos según sea su naturaleza. La impresión que ahora experimentamos no está definida por el instinto de conservación, sino por la capacidad de asombro en medio de la velocidad de los acontecimientos que catalogamos como cambios.
Nos vemos gravitando en realidades que llegan por sorpresa y cambian justo en el momento en que las estamos asumiendo. Las transformaciones actuales son absolutamente mutantes; casi debemos ir tras ellas para tratar de comprenderlas, sin embargo, corren a una velocidad mayor que la de nuestra imaginación.
Los humanos estamos demostrando que la autosatisfacción y el culto al logro nos tienen enajenados y muy separados del respeto al temor frente al cambio. Nuestras vidas están puestas en manos de algoritmos que predicen todo cuanto podamos hacer y que encorralan las conciencias en pastizales verdes sin nutrientes.
La inteligencia artificial llegó inconsulta y se posesionó como simple entretenimiento. La resistencia al cambio no ha tenido lugar en su desarrollo, razón por la cual surge de la nada y transita por nuestras vidas como una nueva era de colonialismo que construye guetos de voluntades bajo el arrogante espectro del “tómalo o déjalo”.
Hoy, los cambios tienen connotaciones muy alejadas de nuestros instintos de conservación, de nuestro concepto del temor a la muerte y de todas sus connotaciones. La velocidad con la que se presentan nos deja sin el tiempo necesario para resistirlos, examinarlos o comprenderlos.
Tal vez por eso la humanidad ha comenzado a aceptar transformaciones que no ha tenido oportunidad de pensar.
Y así, casi sin advertirlo, la resistencia al cambio ya no resiste.