José Díaz Díaz — lecturas desde la interioridad del oficio

Crítica literaria sobre Nos vemos en Estocolmo

Ensayo invitado
Este texto fue escrito por José Díaz Díaz, escritor y lector cuya mirada se acerca a la literatura desde la experiencia del oficio.
“ La verdad es que escribir constituye el placer más profundo, que te lean es solo un placer superficial”.
Virginia Woolf

Comienzo por decir que la novela Nos vemos en Estocolmo, del consolidado escritor William Castaño-Bedoya, es una obra de ficción que aborda con descarnado y patético realismo los avatares que atraviesan un grupo de escritores y poetas abocados a consumir sus existencias en los laberintos subjetivos y fantásticos de su mundo psicológico, ético y filosófico, propiciados por su irrenunciable vocación.

Es una novela sobre escritores y para escritores. También para aquella amplia gama de lectores curiosos de conocer el entramado profundo por el que transitan, transmutan, sufren o gozan los seis autores de esa comunicación esencial que es la literatura.

Una casona antigua, enclavada en un tradicional y bohemio barrio de la afrancesada y multicultural ciudad de New Orleans, sirve de refugio existencial para que este grupo de escritores estadounidenses —que no escriben por vanidad sino por imposición vital— consuman su ritual de creatividad y amistad, de familiaridad y acercamiento humano y profesional. En una tertulia permanente vierten sus esperanzas e ilusiones de convertirse en grandes escritores reconocidos y aplaudidos.

También el lugar sirve de tienda de campaña y escampadero donde, en oleajes apocalípticos, vacían sus emociones y angustias, frustraciones, vivencias y falencias profundas que desnudan el sentimiento y el alma de estos sensibilísimos y vulnerables seres humanos dedicados por entero al complejo y hasta temerario arte de escribir.

En esta novela de Castaño, la pasión por escribir y comunicar se les impone a los protagonistas como un sine qua non existencial. No hay vía de escape posible para eludir una misión impuesta por fuerzas inescrutables. Los silencios, las dudas y los fracasos a veces superan todo diálogo de tinte balsámico o resiliente, mientras el mercado y la industria editorial —en cuanto negocio sin corazón— les niegan la posibilidad de publicar.

Nos vemos en Estocolmo es una genuina exaltación al oficio de escribir y una oda que recrea la valentía de esos escritores que resisten y perseveran en un menester tan exigente, a veces amargo y doloroso. El título del libro, cargado de ácida ironía, alude a la remota pero irrenunciable posibilidad de que el Premio Nobel de Literatura toque a la puerta de alguno de ellos. Es la ilusoria recompensa a una distopía latente coloreada con tintes de adversidad.

El argumento, a través de seis historias entrecruzadas, logra implicarnos en un mundo tan caótico como hilarantemente deslumbrador. El autor explora en esta ficción el hecho de escribir como una manera de perseverar y resistir. No duda en inmolar —como precio por no sucumbir ante una vocación auténtica— a uno de sus personajes más conmovedores: Maya.

En un aparte de su dramática ficción dice:

Maya

En la penumbra de la noche, la habitación de la joven poeta se convierte en un refugio silencioso donde las sombras se mueven en complicidad con los pensamientos agobiantes. Las paredes de tonos apagados absorben la escasa luz que se filtra por la estrecha ventana, creando un ambiente íntimo y melancólico.

La joven poeta se encuentra recostada, con la mirada fija en el techo, telón imaginario donde se reflejan sus angustias, un espejo que le enseña figuras ilusorias y estampas de una vida llena de contrastes y contradicciones. En esa introspección, Maya se sumerge en el pozo de sus propios versos, buscando consuelo en la semioscuridad.

El techo la invita a reflexionar sobre la vida y los sueños.

La vida es un poema efímero, ¿no es así? Cuestiona sin hablar.

Una obra maestra que se desvanece en el tiempo.

Deduce y calla el pensamiento para abrazar el sentido de sus palabras.

Me encuentro en medio de este escenario, con versos de esperanza y sombras de incertidumbre, se dice.

NOS VEMOS EN ESTOCOLMO

Aceptando el momento.

El destino, ese misterioso narrador, ha intervenido con su voz inescrutable, piensa.

El mobiliario, simple y desgastado, la rodea.

La vida presente de Maya está marcada por la lucha diaria. Un escritorio de madera desgastada se encuentra repleto de hojas de papel en blanco y lápices que parecen estar abandonados, testigos de la batalla entre la inspiración y la desesperación.

¿Mis palabras, mis versos, quién les dará vida cuando yo ya no esté? ¿Quién apreciará este soneto que he tejido con tercetos y cuartetos de sueños y renuncias?

—Renuncié a lo tangible, al amor que estaba frente a mí, por la ilusión de ser una musa para las palabras —murmura lastimera.

¿Fui sabia o una simple soñadora insensata?, reflexiona.

Como en la escenografía y ambientación del poema de Edgar Allan Poe, El cuervo (ver Filosofía de la composición), este emergente y ya referencial autor de origen colombiano experimenta en su narración formas estructurales novedosas. Asume una sintaxis en la que los diálogos entrelazados con monólogos inesperados configuran una sinfonía de voces conmocionadas que luchan por ser escuchadas. Y el lector así lo siente.

Para evitar hacer spoiler y revelar el final de esta perturbadora trama, solo me resta —como acto de justicia poética— invitarlos a sumergirse en este mar de marejadas peligrosas, donde ningún lector saldrá ileso de esa inmersión existencial.

Hollywood, Florida, febrero de 2026.

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