Reflexiones sobre el exilio, el dolor y la distancia
Esto no es un poema. Tampoco pretende ser literatura en el sentido formal de la palabra. No nací poeta ni escribo con la pretensión de serlo. Si algo aquí se parece a la poesía, será asunto de quienes conocen ese oficio decidirlo. Lo que sigue es más bien un ejercicio de repentismo, una forma espontánea de ordenar pensamientos que nacen de una caminata y de una inquietud interior.
En la caminata de hoy no pude evitar detenerme en una idea incómoda: la condición del exilio que termina colocándonos en una posición extraña frente a la historia de nuestros propios países.
El exiliado observa desde la distancia conflictos que alguna vez sintió como propios. Las guerras siguen allí, las crisis siguen allí, las pasiones políticas siguen desgarrando a la gente. Pero quien vive lejos se convierte inevitablemente en un outsider, alguien que mira desde fuera batallas que otros siguen peleando. Tal vez por eso este texto nace como una especie de declaración personal. El “Heme aquí” que aparece a continuación habla por mí, pero podría hablar también por millones de personas que viven lejos de la patria que los vio nacer.
Heme aquí,
exiliado,
flotando en el universo de mis circunstancias,
evocando vidas prestadas,
asumiendo que no merezco ser de allá,
de donde quedaron los héroes que viven las vidas
que no se cuentan y que consumen sus días
tratando de mitigar los asedios del mal,
héroes que no añoran reconciliar sus vidas
porque conformes son.
Heme aquí,
fugitivo de mí mismo,
en el rol de ese cobarde eterno que busca sosiego
a las amarguras que lo volvieron inmigrante.
Heme aquí,
disfrutando en paz las guerras que no peleo
y que arbitro como si tuviese derecho,
lejos de donde nací y de donde ya no merezco pertenecer.
Heme aquí,
viviendo el surrealismo de los infelices,
iluso al suponer que con mi exilio dejaría de ser testigo de tantas desgracias,
como si vaciándole el mar Caribe a esos imaginarios
se ahogaran las desgracias de nuestra gente.
Heme aquí,
sin encontrar mi propia paz y sin comprender la paz inventada allá.
Paz que oculta la sangre con que sus muertos
pincelaron los lienzos de nuestra historia.
Heme aquí,
disfrutando de la felicidad del exiliado,
felicidad escasa e inherente a la conformidad,
gozo a medias,
placer muchas veces contado,
pero no sentido,
felicidad arisca que se contempla más de lo que se extasía.
¿Felicidad? No hay mucha en el exilio.
Anhelos sí, muchos.
Los mismos de allá.
Heme aquí,
en lo absurdo,
intentando convivir con acontecimientos lejanos,
noticias que niego asumir como propias,
aunque me correspondan.
Heme aquí,
haciendo patria en solitario o en bohemias;
patria de conciencia.
Bohemias que surgen de rincones cómplices
para administrar los exilios interiores que nunca me desamparan,
que me miman por años,
mientras exorcizo la pérdida de los seres que me dieron luz.
Helos allí,
a los que abandoné un día,
montados en la noria de una sociedad
que escoge sus desvalidos para engrosar la desesperanza.
Amontonados manjares que engulle la corrupción,
esa condición que se rodea de monstruos
que timan escondidos en la niebla desde donde lo olfatean todo.
Helos allí,
autocensurados casi siempre,
guardianes del silencio a cambio de la vida,
huérfanos de voluntad,
conciencias secuestradas y obligadas a mentir;
conciencias intimidadas por cobardías brutales.
Pobres desventurados,
ceros a la izquierda de una sociedad que los invisibiliza,
obligándolos a asumir complicidades,
a ser testigos de masacres que no pueden denunciar,
de exabruptos convertidos en memorias saturadas de resquemor.
Helos allí,
héroes que envejecen como yo,
héroes que paren nuevas vidas;
vidas que asumen la barbarie como innata.
Hijos de patrias tórridas que estoicas permanecen erguidas
pese a los fuetazos infligidos por tantas violencias.
Patrias manejadas desde la fachada de grupos de información
creados para anestesiar la mente de quienes quedaron en mi abandono.
Grupos que crean nuevos engendros desde las catástrofes,
nuevos inocentes,
nuevos cándidos,
nuevos culpables,
nuevos perdedores que avivan la grandeza de quienes han negado sistemáticamente
el derecho a la justica de todos los victimizados.
Helos ahí,
a los corruptos,
mimetizados en el fondo de las sociedades.
Los que empoderan el atropello
y expelen un insoportable e impertinente grajo a muerte.
Hálitos que huelen a descomposición espiritual
y ausencia total de amor.
Corruptos que caminan con perfil petizo y cabeza gacha,
entreverados entre caudales de gente buena
que se desplaza a través de todo lo rural y de todo lo citadino;
matones que acechan los mismos senderos
donde caminan mis semejantes.
Semejantes que comprenden con espanto,
que sus calles no son suyas sino de esos engendros malolientes que te acechan;
vaho que nunca se les desprende,
que les queda adherido luego del primer crimen.
En mi tierra,
la muerte mira a los ojos con descaro,
mirada que reta,
amilana e intimida,
que presagia quien será el próximo.
Helos ahí,
a los violentos,
los de siempre.
Aquellos que se especializan en los trasiegos de la vida a la muerte.
Viejos y cansados de tanto aniquilar.
Decrépitos en retiro forzado por los años,
sus únicos verdugos;
jubilados de la vileza,
cómplices espirituales de la iniquidad y la depravación.
Propietarios de parcelas expropiadas,
jactanciosos de moral,
honra y decoro;
flatulentos de sapiencia social,
maestros del descaro,
imbéciles eternos;
tahúres del destino de sus pueblos.
Helos ahí,
en el Caribe,
donde se guarecen los enemigos de la cultura occidental,
de la democracia.
A los predicadores de una paz asesinada
por sus propios carniceros,
palomas negras firmantes de tratados de paz
que hunden en el anonimato a cientos de miles de muertos
y sus millones de dolientes.
Helos ahí,
en la misma calaña o quizás peor,
a los otros,
a los vulgares dioses de cuello blanco.
A los de tufo repugnante,
más fétidos aún,
sinvergüenzas que nunca han empuñado un arma ni para defenderse,
pero que han matado a miles;
los que no se han retirado aún porque cuidan la fortuna de sus herederos;
los que recibieron la dádiva familiar,
porque viven de eso,
del crimen no visto;
del asombro por el asesinato sorpresivo que sabían pasaría;
del no contado pero si sabido estupro vil, masivo y recurrente;
del homicidio no culposo pero si premeditado,
del parricidio nunca resuelto pero si imaginado,
del fratricidio de los hermanos de patria.
Helos ahí,
a los malhechores que asisten al Magister de la iniquidad,
a los que se gradúan con honores en la universidad de la maldad;
camaleones de las instituciones,
infiltrados de la institucionalidad,
guajalotes de pasillos y columnas de las sedes oficiales,
dilapidadores del poder que sus víctimas les otorgan
a cambio de unas viandas y favores miserables.
Helos ahí,
a los que prevalecen,
per secula seculorum,
legitimando riquezas mal habidas;
profesionales de la barbarie,
gurús del adefesio,
cerebros del misterio,
sentados en sus tronos,
camuflados,
investidos de dignidad,
encabezando bureaus de gobiernos,
impartiendo injustica e inequidad,
postulándose a la presidencia,
caraduras de ladina sonrisa y maquiavélica razón.
Judas de nuestra propia pasión,
de nuestra historia.
Nunca se han marchado,
no lo harán.
Hela ahí,
campante,
a la violencia que va y vuelve.
Reina y matrona por siempre;
zarina de la miseria y el abandono;
sayona de los desplazados;
añeja como la tierra y sus criaturas;
trasgresora de la ética de los hombres;
salvaje y cruel.
Hela ahí,
esperando dar el zarpazo;
dispuesta a detonarse;
a inmolarse para saciar a los abominables;
para dejar claro que el mandato de la ignominia
es una ley que los hombres inventaron
para destruirse;
frívola y virulenta;
la peor de las plagas de la existencia;
majestad malévola de los despojados.
Hela también ahí,
a la solapada corrupción,
desde el día en que algún malandro se la inventó,
en tiempos inmemorables;
para robar sin ser notado;
para enmascarar lo noble,
lo filantrópico;
para estropear la confianza.
Hela ahí,
a la cada día más joven corrupción;
a la más popular en nuestros tiempos;
a la más aceptada por conformidad;
a la más socializada.
Jet-set de nuestro modernismo;
combustión de todos los males de las patrias;
langosta rampante que gobierna entre los míos.
Razón de ser del poder moderno;
de la democracia que recibieron próceres e idealistas.
Hela ahí,
a la maldita corrupción,
la que reina las monarquías de la impunidad;
la que corrompe defensores;
la que acusa inocentes;
la que saquea;
la que fabrica pruebas
y que prueba falsedades;
la que se burla de la confianza y la manosea;
la que se presta para blanquear
y que blanquea;
la que disimula lo mal habido;
la que gobierna con hurto;
la dilapidadora siniestra
de los erarios;
la que muta en puertas giratorias de juzgados,
cortes,
ministerios;
la que demuestra,
con desparpajo,
que existe y que es la esencia del poder reincidente.
Helos ahí,
a los que acompañan la barbarie con su indiferencia;
A los “Dios me lleve y Dios me traiga”;
a los abúlicos itinerantes;
a los apáticos ignorantes del dolor de sus semejantes;
a las criaturas pasivas que desde sus vidas
asumen que los problemas son ajenos.