Mis trabajos más recientes alrededor de la filosofía me han llevado a aproximarme a la literatura con una mirada distinta. Leo buscando aquello que permanece después de la historia narrada, excavando en una obra hasta encontrar, cuando existe, algo capaz de trascender su argumento, su época y hasta las intenciones inmediatas de quien la escribió.
Para mis tres millas de este domingo elegí también caminar sobre una ruta distinta. Casi siempre prefiero las calles más calladas de Coral Gables, recorridos taciturnos e íntimos que dejan al pensamiento andar a su propio paso. Esta vez me propuse atravesar su distrito comercial. Hay allí una romería particular. Los cafetines y las mesas al borde de las calles prolongan la vida de los establecimientos hacia las aceras. La gastronomía reúne procedencias del mundo entero y la arquitectura mediterránea conserva el clasicismo con el que Coral Gables aprendió a reconocerse. Caminé entre conversaciones, aromas, terrazas y transeúntes. Había escogido, casi sin advertirlo, una ruta hecha de encuentros.
Seguí por Ponce de León hacia la gran rotonda ajardinada que se forma al encontrarse con Sevilla. Los nombres comenzaron también a acompañar mis pensamientos. Ponce de León, Sevilla, Valencia, Almería, Málaga. Caminaba por una ciudad estadounidense mientras su geografía seguía pronunciando con absoluta naturalidad nombres heredados de España. Allí estaba Los Ranchos.
Semanas atrás había conocido en ese lugar a Ken Salazar durante una presentación privada de Borderlands, My Fight for an Inclusive America, publicado en 2026. Había sido invitado a aquella reunión por mi condición de escritor. Entre quienes asistieron había personas que conocían a Salazar y habían seguido durante años su trayectoria pública. Yo había llegado hasta aquella mesa por otro camino. Había llegado por los libros.
Volver a pasar por allí reconfiguró el recuerdo. Mis trabajos filosóficos recientes habían cambiado también mi manera de acercarme a una obra. Ya no me bastaba aquello que un libro contaba. Sentía la necesidad de excavar en la conciencia que lo había producido, en las circunstancias que habían acompañado su gestación y en aquello que su autor había considerado digno de permanecer cuando esas circunstancias dejaran de existir.
Salazar llegaba a la escritura desde el servicio público. Había sido senador de los Estados Unidos, secretario del Interior y embajador estadounidense en México. Borderlands recorría parte de esa experiencia desde una historia personal profundamente arraigada en el suroeste estadounidense. Él mismo ha hablado de cuatro siglos de historia familiar alrededor del valle de San Luis y de las cabeceras del Río Grande, también llamado Río Bravo. Pensé entonces en Colorado, palabra española, y volví a mirar mentalmente los nombres que acababa de recorrer. Ponce de León, Sevilla, Valencia, Almería, Málaga. Eran vestigios de otras circunstancias históricas incorporados ya a la cotidianidad de una ciudad estadounidense. La historia había dejado una amalgama de nombres, procedencias y pertenencias que el tiempo convirtió en paisaje.
Borderlands adquiría así otra resonancia. Salazar ha dicho que con el libro esperaba comunicar nuestra historia y, más importante todavía, nuestro futuro. Ese futuro aparece asociado en sus páginas a una relación más estrecha entre Estados Unidos, México y Canadá. Mientras caminaba por una ciudad estadounidense llena de nombres españoles, la integración dejaba de parecerme solamente una aspiración política. Las culturas llevan siglos atravesándose, dejando palabras, alimentos, costumbres, arquitectura y maneras de entender el mundo. La integración no necesita del olvido. Borderlands despertó entonces otra curiosidad. Comencé a indagar en hombres que habían ocupado lugares excepcionales dentro de la historia y que, después de atravesar esas circunstancias, habían sentido la necesidad de regresar a ellas mediante la palabra.
No emprendí una lectura comparada de sus obras. Seguí otro camino. Indagué en el origen de aquellos libros, en las circunstancias que los hicieron posibles y en la intención humana que parecía sobrevivir detrás de sus páginas. Winston Churchill apareció muy pronto. Entre 1948 y 1953 publicó los seis volúmenes de The Second World War. Casi cinco mil páginas mediante las cuales uno de los protagonistas fundamentales de aquella guerra regresaba a una circunstancia que ya pertenecía a lo irreversible. Las decisiones se habían convertido en hechos y los hechos comenzaban a convertirse en historia. La escritura le permitía volver sobre ellos desde la conciencia del hombre que los había vivido. Hay algo profundamente humano en ese regreso. La historia puede registrar fechas, movimientos militares, victorias, derrotas y consecuencias. Quien estuvo dentro de ella conserva además la experiencia de haber tenido que discernir mientras el desenlace todavía era desconocido. Churchill dejó escrita su interpretación de aquel tiempo y, con ella, una parte de la conciencia desde la cual lo había atravesado.
Nelson Mandela me condujo hacia una circunstancia distinta. Long Walk to Freedom apareció en 1994, aunque su origen se remonta a Robben Island, donde Mandela comenzó clandestinamente un manuscrito autobiográfico en 1976. Sus compañeros participaron en su revisión y una copia logró salir de la prisión. La cárcel introduce otra dimensión en la memoria. Los años que le fueron arrebatados pertenecían ya a lo irreversible. Ninguna libertad posterior podía devolvérselos. La palabra permitía otra forma de recuperación. Mandela podía volver sobre lo vivido, discernirlo y decidir qué significado tendría dentro de la conciencia del hombre que había sobrevivido a ello. La libertad exterior llegaría después. La soberanía interior había tenido que ejercerse mucho antes.
Jawaharlal Nehru llevó esa relación entre confinamiento y conciencia hacia otro territorio. Escribió The Discovery of India durante cinco meses de su encarcelamiento en Ahmednagar Fort. El libro, publicado en 1946, emprendía un recorrido por el pasado de India desde tiempos remotos hasta los últimos años del dominio colonial británico. Me fascinó imaginarlo. Un hombre físicamente confinado dedicaba su conciencia a recorrer siglos. El espacio disponible para su cuerpo había sido reducido y, desde allí, su pensamiento intentaba abarcar una civilización. Su circunstancia personal terminaba proyectándose hacia una pregunta mucho mayor sobre historia, identidad y pertenencia.
Jimmy Carter me deparó una sorpresa. Después de abandonar la presidencia de Estados Unidos, la escritura lo acompañó durante décadas. Llegó a publicar treinta y dos libros sobre memoria, política, paz, fe, envejecimiento, derechos humanos, poesía y otros territorios de la experiencia. En 2003 apareció incluso The Hornet’s Nest, A Novel of the Revolutionary War, una incursión en la ficción histórica situada durante la Revolución estadounidense. Ese pequeño desvío me interesó especialmente como novelista. Carter había escrito extensamente sobre acontecimientos que conoció, decisiones en las que participó y convicciones que lo acompañaron. La ficción le permitía realizar un movimiento diferente. Podía entrar imaginativamente en una circunstancia que había sucedido mucho antes de su nacimiento. La memoria trabaja con lo vivido. La ficción puede permitirnos explorar también aquello que nunca pudimos vivir.
Ronald Reagan regresó igualmente a su recorrido después de abandonar la Casa Blanca. An American Life, publicado en 1990, recorre su vida y su experiencia política hasta los años de la presidencia. Había desaparecido la investidura y permanecía nuevamente el individuo frente a su memoria, tratando de ordenar mediante la palabra aquello que durante ocho años había debido enfrentar desde el ejercicio del poder.
Churchill, Mandela, Nehru, Carter y Reagan habían llegado hasta mi caminata desde geografías, épocas y experiencias extraordinariamente diferentes. Sus libros tampoco pertenecían a una misma categoría literaria. Algo, sin embargo, comenzaba a reunirlos dentro de mi pensamiento. Habían vivido una circunstancia y después habían querido convertir alguna parte de ella en pensamiento transmisible. Comencé a llamarlo, para mis propios efectos, literatura del legado. La expresión no pretende inaugurar un género. Me ayuda a nombrar un fenómeno humano que esta caminata había comenzado a revelarme. La experiencia pasa por la conciencia. La conciencia vuelve sobre la memoria. La palabra intenta conservar aquello que el individuo considera digno de ser entregado a alguien que quizá nunca conocerá.
Y entonces regresé a Salazar. Su caso tenía para mí una cercanía que ninguno de los anteriores podía tener. Yo había estado sentado a pocos pasos de él. Había recibido su libro de sus manos. Ahora, semanas después, caminaba frente al lugar de aquel encuentro y comprendía que mi recuerdo también había cambiado. La conversación pública alrededor de Borderlands permite además observar las tensiones que acompañan cualquier intento de convertir una trayectoria política en legado. En una entrevista, el periodista Eyder Peralta llevó a Salazar hacia las consecuencias humanas de determinadas políticas migratorias aplicadas durante su gestión diplomática y le planteó directamente la tensión entre aquellas medidas y los valores de acogida proclamados por Estados Unidos. Salazar respondió defendiendo mecanismos legales de migración, trabajo, asilo y refugio que evitaran a los migrantes los peligros de largos desplazamientos hacia la frontera.
Esa conversación también forma parte de la excavación. Un legado escrito entra inevitablemente en contacto con otras conciencias. El autor entrega su interpretación. El lector conserva la soberanía de examinarla, confrontarla y decidir qué encuentra en ella.
Seguí caminando. Ponce de León volvió a cruzarse con Sevilla. Cerca estaban Valencia, Almería y Málaga. Los nombres españoles seguían incorporados con absoluta naturalidad al paisaje estadounidense. Pensé otra vez en Salazar, en sus raíces, en México, en Canadá y en Estados Unidos. Pensé en Churchill regresando a la guerra, en Mandela escribiendo desde Robben Island, en Nehru recorriendo India desde una prisión, en Carter descubriendo incluso la ficción y en Reagan regresando mediante la memoria a su propia vida. La rotonda seguía siendo la misma. Mi memoria de aquel lugar ya no.
Cada excavación modifica de alguna manera aquello que creíamos recordar definitivamente. Los hechos permanecen y nuestra conciencia vuelve a ellos desde una configuración distinta. Quizá allí reside una parte de nuestra soberanía interior, en la posibilidad de regresar a lo vivido y descubrir significados que entonces todavía no estábamos preparados para reconocer. Mis tres millas estaban llegando a su final. No me habían llevado demasiado lejos por Coral Gables. Había atravesado unas cuantas calles, una romería de cafés y restaurantes, nombres españoles convertidos en geografía estadounidense y una rotonda que conocía desde hacía años.
Aquella mañana había sido diferente. Churchill, Mandela, Nehru, Carter, Reagan y Salazar habían caminado conmigo. Y yo regresaba a casa con la sospecha de que algunas caminatas terminan mucho después de haber recorrido la última milla.