Mientras caminaba pensaba en mis novelas y en una en especial, aquella que considero una novela ancla. O, para ser más preciso, aquella que aspiro a que algún día llegue a serlo. Pienso en una novela ancla como aquella capaz de identificar a su autor desde la obra misma, incluso antes de que el lector necesite buscar su nombre. Muchos grandes escritores han conseguido que varias de sus novelas alcancen esa condición y que cada una, por sí sola, sostenga una parte esencial de su identidad literaria.
Para mí, naturalmente, todas mis novelas son anclas. Cada una representa un momento de mi vida como escritor y contiene algo que considero digno de permanecer. Pero una cosa es el lugar que ocupan dentro de mí y otra el que puedan llegar a ocupar entre los lectores. Allí me queda mucho camino por recorrer.
Cuando pienso en La intrigante quietud de las mareas, imagino que algún día alguien pudiera llegar a ella antes que a mí y, después de leerla, asociara mi trabajo con esas preguntas humanas que vengo explorando alrededor de la ficción como filosofía moral.
Son solo pretensiones, de esas que algunas veces pienso a letra alta, por no decir en voz alta. Mientras camino mis millas diarias reflexiono sobre la vida y los seres humanos, pero también sobre mis trabajos. Regreso a ellos mentalmente, los observo, los cuestiono. Algunas veces los defiendo y otras consigo mirarlos con una severidad que probablemente no tenía cuando los escribí.
Durante estos últimos meses he regresado particularmente a La intrigante quietud de las mareas. Es una novela en la que deposito mucho y que he trabajado hasta el cansancio. Con el tiempo comprendo, sin embargo, que dedicar mucho tiempo a una obra puede hacer invisibles algunos aspectos técnicos que su narración todavía necesita.
Por eso emprendí un ciclo de evaluación. Primero recurrí a lo que llamo early readers: personas dispuestas a entrar con atención en el manuscrito y devolverme sus impresiones. De cerca de cuarenta ejemplares que entregué entre las versiones en español y en inglés, tuve la fortuna de recibir alrededor de diez lecturas acompañadas de comentarios cuidadosos y, en algunos casos, de una extraordinaria retroalimentación.
Después llegó el momento de enfrentar dos preguntas distintas: ¿qué tan buena es la historia y qué tan buena es su ejecución?
Sobre la primera comencé a recibir una respuesta alentadora. Los lectores encontraban una historia poderosa, o al menos suficientemente poderosa para justificar la ambición que deposito en ella. La segunda respuesta fue más incómoda. Su ejecución tenía problemas. Una obra puede contener una historia valiosa, personajes capaces de permanecer en la memoria y circunstancias humanas profundas y, al mismo tiempo, haber sido llevada al papel mediante recursos que todavía necesitan madurar.
Los early readers me ofrecieron entonces una especie de abrazo. Podía decirme que la historia estaba allí, que funcionaba, que había conseguido llegar a otras sensibilidades. Pero ese abrazo vino acompañado de algo parecido a una bofetada. La historia podía ser buena y su ejecución todavía podía estar lejos de la calidad que yo esperaba de ella.
Las dos revelaciones me hicieron bien. Una me permitió confiar en lo que había escrito; la otra me obligó a preguntarme cuánto mejor podía contarlo.
Escribo sobre este proceso porque revisar una obra también forma parte del oficio de escribirla. Para quienes trabajamos de manera independiente, esa responsabilidad adquiere una dimensión particular. Dentro de una estructura editorial intervienen editores, correctores y otras miradas especializadas. Cuando esa estructura no existe permanentemente alrededor de uno, corresponde procurarse mecanismos que permitan mirar la obra desde afuera.
No se trata de perseguir una perfección imposible. Si ese fuera el criterio, ningún escritor terminaría jamás de corregir. Me interesa algo más humano. Una ejecución justa y suficientemente depurada para que la historia encuentre con mayor claridad su camino hacia el lector.
He comenzado a llamar a este trabajo curar mi obra. Cuidarla. Preservar aquello que es mientras procuro retirar lo que todavía pueda interponerse entre la historia y quien la lee.
Eso es precisamente lo que he venido haciendo con La intrigante quietud de las mareas. La trama permanece, los personajes permanecen, también su arquitectura, sus acontecimientos y su propósito. No regreso a ella para convertirla en otra novela. Regreso para ayudarla a mostrar con mayor claridad lo que ya contiene.
Uno de los primeros lugares donde tuve que intervenir fue el narrador. Descubrí cuántas veces permití que dijera correctamente algo que ya no necesitaba decir. Un personaje realiza un gesto, pronuncia unas palabras o guarda silencio y la escena ha quedado completa; entonces aparece el narrador y explica lo que acaba de ocurrir.
La explicación puede estar perfectamente escrita y seguir sobrando.
Una pregunta comenzó entonces a acompañarme: ¿necesita el lector que le explique esto o ya puede vivirlo?
Parece una pregunta técnica, pero también es una pregunta sobre el respeto.
El lector llega a una novela aportando memoria, experiencia, imaginación, dolor, deseos, pérdidas y convicciones. Trae una vida entera. Cuando un personaje calla frente a una circunstancia irreversible, quizá no sea necesario explicar inmediatamente el significado de ese silencio. El lector también sabe lo que significa callar.
Al retirarse unos pasos el narrador, los personajes recuperan territorio.
También aprendí a distinguir entre aquello que regresa porque pertenece a la arquitectura emocional de la novela y aquello que vuelve simplemente por hábito. Una palabra, un gesto, una construcción, una manera de hacer reaccionar a los personajes puede instalarse cómodamente en la escritura hasta convertirse en un tic. Los escritores también parpadeamos sobre la página. La reiteración recuerda; el tic simplemente vuelve.
Hubo una intervención todavía más reveladora. A medida que la enfermedad de Lenore avanza, necesita un dispositivo para comunicarse. Durante la escritura había permitido que ese instrumento ocupara posiciones gramaticales que correspondían realmente a ella. El aparato decía, respondía, daba voz.
Terminé por comprender algo muy sencillo. El aparato es el medio; Lenore continúa siendo la conciencia y la voz.
Me impresionó descubrir cuánto puede contener una decisión aparentemente gramatical. Una novela también puede establecer relaciones de dignidad mediante su sintaxis. Recuperar a Lenore como sujeto no modifica la historia; modifica la precisión con la que la historia reconoce quién continúa habitándola.
Y así, intervención tras intervención, he regresado al mismo principio: confiar en la historia y confiar en el lector.
Mis novelas contienen pensamiento porque no sabría escribirlas de otra manera. Me interesa la conciencia humana enfrentada a circunstancias que la obligan a revelarse; me interesan la dignidad, el sufrimiento, la libertad, el amor, la muerte y aquello que hacemos cuando la realidad deja de ofrecernos la posibilidad de modificarla. Pero también allí he aprendido a retirarme. Una novela puede pensar sin explicar su pensamiento. Quizá el pensamiento literario alcance una de sus formas más profundas cuando el lector lo descubre después de haberlo experimentado.
No pretendo convertir esta experiencia en un método. La comparto porque también puede existir generosidad en hablar del oficio, incluso cuando aquello que compartimos son las cosas que todavía estamos aprendiendo. Tal vez otro escritor se pregunte alguna vez si su narrador necesita explicar lo que el personaje ya ha vivido, si una repetición significa o simplemente vuelve, o si una reflexión pertenece verdaderamente a la novela o al deseo del escritor de interpretarla.
Y quizá pueda interesarle también a quien nunca escribirá una novela. Detrás de una página que parece sencilla pueden existir decenas de elecciones, renuncias y correcciones destinadas precisamente a que el lector no tenga que advertirlas.
Hoy siento que puedo volver a poner La intrigante quietud de las mareas frente a sus lectores con una tranquilidad que antes no tenía. Pienso que ha alcanzado una calidad literaria mucho más cercana a aquella que esperaba de ella. Habrá quien encuentre defectos que yo todavía no consigo ver, quien cuestione una frase, una decisión técnica o una manera de narrar. Así debe ser.
Lo importante para mí es haber hecho cuanto está a mi alcance para que esas imperfecciones no permanezcan simplemente porque pude verlas y decidí no mirarlas.
La historia continúa allí. Lenore continúa allí. Harrison continúa allí. Continúan la enfermedad, el amor, la dignidad, la pérdida, los silencios y las preguntas humanas que alguna vez me llevaron a escribirla. Lo que he procurado durante estos meses es despejar un poco más el camino entre todo aquello y quien decida entrar en sus páginas.
Ahora la novela vuelve a circular con estas correcciones incorporadas. Me gustaría que la leyeran y, sobre todo, saber qué ocurre cuando deja definitivamente mis manos y entra en las de ustedes. Qué encuentran allí. Qué sienten. Qué les incomoda. Qué permanece después de cerrar el libro.
Tal vez esa sea la única evaluación que una novela nunca puede hacer sobre sí misma. Necesita al lector.
Y cuando termino de caminar estas millas, pienso también en los otros libros que esperan en mis estantes. Terminaré Homo Sapiens Empatheticus, avanzaré en el ensayo que desde hace años vengo construyendo alrededor de Fiction as Moral Philosophy y seguramente daré vida a otro, ya bastante evolucionado en mi pensamiento, sobre el derecho a vivir sin miedo. Pero hay algo que me entusiasma especialmente: este año quiero regresar a Flores para María Sucel. Han pasado veinte años desde que fue escrita, veinte años en los que he seguido escribiendo, leyendo, equivocándome y aprendiendo.
Regresar a una obra escrita hace veinte años debe parecerse un poco a regresar a una casa donde uno vivió mucho tiempo atrás. Seguramente reconoceré las habitaciones y recordaré por qué puse cada cosa en determinado lugar. Algunas me producirán ternura; otras me harán preguntarme cómo pude dejarlas allí durante tantos años.
Pero quiero que siga siendo la misma casa.
Abriré las ventanas, dejaré entrar un poco de luz y volveré a recibir visitantes.