Reflexiones sobre el impacto y la conexión que provoca mi novela.
No puedo negar que aquel día estuve nervioso, inseguro, con el pánico escénico en mi interior, inexperto hasta la médula. Enfrentar al público, que luego se enfrentaría a mi obra, era para mí un acertijo oscuro, tortuoso. Sin embargo, mis amigos más cercanos, con quienes compartía esfuerzos comerciales más que literarios, acudieron solidarios y acompañaron la presentación de mi ópera prima, la novela «Flores para María Sucel».
Sucedió en el año 2006, justo en la librería Books&Books de Coral Gables, en el sureste de los Estados Unidos, donde una afectuosa señora de nombre Cristina Nosti me brindó su confianza para esa presentación. Qué interesante: eso sucedió hace 18 años.
Ese día se vendieron unos cuantos ejemplares, yo diría que muchos para un primerizo, pues siendo un desconocido apenas, el favor de la compra provino de la amistad incondicional de aquellos que me conocían. Para eso están los amigos, aunque me daba vergüenza firmar mi novela para ellos, sabiendo que los había inducido a comprarlas por simple solidaridad.
Sin embargo, ese día, ante mi nerviosismo, una buena mujer que atendía detrás del mostrador en Books&Books me dijo quedamente, con sabiduría innata:
—No te preocupes, tu novela tiene alas; ella volará y volará sin que te des cuenta.
Nunca olvidaré esas palabras proféticas.
Pero, ¿a qué viene tanto protocolo de palabras?
Sucede que me encuentro en la necesidad de compartir contigo, amigo lector, cosas que me llegan al alma y que tienen que ver con mi novela. Estos días, 18 años después, encontré un mensaje de alguien que no me conoce, ni yo tampoco conozco, y que, no siendo mi amigo, leyó esa novela y se conmovió hasta el punto de hacérmelo notar mediante un mensaje, mediante una simple imagen.
Ese alguien, de nombre Cesar Augusto García Moreno, me autorizó a compartir su comentario.
Realmente me sorprendió, pues ¿cómo no me va a gustar ver imágenes relacionadas con mi oficio de escribir, especialmente cuando llegan casi dos décadas después de haberla presentado en público?
Entonces sostuvimos una comunicación virtual, espontánea, con Cesar Augusto.
—Cesar Augusto, qué agradable sorpresa ver mi novela contigo. ¿Cómo llegó a tus manos? Gracias por compartirme esa imagen. Te envío un abrazo muy cordial.
A lo que él, dos días después, en la mañana de domingo para ser más preciso, me respondió:
—Hola William, mayor sorpresa la mía ver que respondiste a una fotografía que envié pensando que no sería vista… muchas gracias por tomarte ese tiempo.
Una persona en TransMilenio en Bogotá ofrecía dos de tus novelas, Los Monólogos de Ludovico y Flores para María Sucel. Mi esposa, que conoce mi amor por la lectura, las recibió y, a pesar de que el joven no pedía dinero, ella sintió que podía compensarlo con algo y, aunque el muchacho se resistió con negaciones, finalmente aceptó.
Al llegar a casa, mi esposa me contó lo sucedido y yo, ansioso y feliz por este tipo de obsequios, la abracé y le agradecí.
Ya leí Los Monólogos de Ludovico y hoy domingo acabo de terminar Flores para María Sucel. Ayer, Sábado Santo, llegué a la página 327 y lloré mucho, mucho, conociendo la muerte y partida de Gilberto; y hoy, Domingo de Resurrección, terminé la novela con la partida de María Sucel.
Qué grandiosa y bonita novela. El final de Flores para María Sucel me devolvió al comienzo del amor entre ellos y ya personalmente me hace pensar en la vida, en mi familia, en mis padres, mis hijos, mi esposa y en mi vida; en el paso y camino que todos llevamos por este mundo.
Como escritor, no pude sustraerme a sentir melancolía. Leyendo ese testimonio estuve muy apurado por algunas lágrimas dulces que florecieron: apurado por el testimonio, por el sentir.
Experimenté haber recibido noticias de un hijo extraviado por la vida; noticias que me decían que estaba vivo y vibrando en su misión por este mundo.
Entonces tan solo respondí con mi corazón henchido de emoción:
—Me haces llorar, querido Cesar Augusto. Dios bendiga tu vida. Si me permites, paso este diálogo como testimonio. Recibe un abrazo de amistad, admiración y cariño.
A lo que me respondió unos días después:
—Claro que sí William, es un halago que quieras compartir mi humilde comentario. Dios te bendiga también siempre y llene tus días de felicidad.