Flores para María Sucel: ante los ojos de Alberto de la Rosa

Texto invitado
Este ensayo fue escrito por Alberto de la Rosa, director del blog Igual pero distinto.
Se reproduce en Book&Bilias con autorización de su autor.
Advirtiendo que no se trata de una crítica literaria, me voy a referir al libro de William Castaño-Bedoya desde la impresión que me causó como lector — ¿no debería ser siempre así? —, dejando de lado algunas de las cosas que preocupan tanto a los escritores, como la forma (algo más propio de los correctores de estilo). Lo importante, creo, es lo que transmite su obra; la manera en que está construida; la singularidad de sus personajes; y, especialmente, la conexión que tiene con nuestra propia existencia, un accidente inevitable que siempre se desarrolla en medio de una historia de amor… o desamor:

Flores para María Sucel no es —como he escuchado— un ensayo costumbrista alrededor del Quindío; si lo fuera, tal vez lo sería del Viejo Caldas o, más aún, de la inhóspita Bogotá de mediados del siglo XX: la que aceptaba, pero desaparecía a sus nuevos integrantes; la que no tiene rostro; la que te enseña con rigor las verdades más simples de la vida y, cuando te acoges a ella, te mantiene en permanente exilio. No, esa no es una buena descripción del libro; los lugares geográficos solo son el escenario de la trama profundamente humana que se plasma alrededor de sus personajes. Como la vida misma, ellos se debaten entre sus propias contradicciones… el camino nunca es recto. Lo terrible de las celdas que edificamos a nuestro alrededor es que se vuelven infranqueables. Gilberto y María Sucel lo supieron demasiado tarde, porque en su obstinación por ser lo que se suponía que deberían ser, se dejaron ganar por la inmutabilidad de sus creencias y circunstancias. Algo que, sin embargo, nunca apagó su amor. La fidelidad mal entendida que muchos experimentamos y que, no obstante, es verdadera, irrenunciable. De las flaquezas y debilidad de nuestro paso por el mundo habla este libro, así como de la adversidad y los encuentros que nos moldean o deforman. Vivir es un ejercicio riesgoso… nadie es inmune, pero, a la vez, en las pruebas de largo aliento hay tiempo para todo: para el perdón, la rectificación, el rescate. De alguna manera ellos lo sintieron, aunque no lo supieron o pudieron aprovechar a tiempo… era más fácil caer en ese mundo cerrado que a veces nos atrapa: la soledad a la que eventualmente nos rendimos. Aun así, el triunfo de la persistencia es inevitable cuando nos mueven valores mayores. La lealtad tiene que ver más con el espíritu que con la carne, y ambos personajes dieron muestra de ello.

La historia conmueve porque refleja, sin atenuantes, lo que somos… es un espejo y, por lo tanto, podemos ver nuestra propia imagen en medio de las palabras. Algunos tienen la suerte de nacer con parámetros nítidos que facilitan el camino; a otros les toca encontrarlo en medio de tropiezos, equivocaciones y reintentos. Gilberto es de los últimos, lo cual acentúa su complejidad y valor como ser humano y literario.

Finalmente —teniendo cuidado de no dar campanadas innecesarias—, debo decir que entre los pasajes que más impactan por su elaboración y belleza está el de la lista de mercado que prepara María Sucel para Gilberto. Esto y la frase final del libro dan sentido completo a la esencia de esta historia… y la de ellos mismos. El acróstico hábilmente preparado y su introducción en el instante preciso son tan impredecibles, inteligentes y valiosos que hacen innecesario el esclarecimiento que sigue en el texto: el lector tiene suficientes elementos para descifrarlo y guardarlo como un momento memorable de revelación. Con todo, sigue siendo un pasaje admirable; de aquellos con los que uno se tropieza a cada rato en Flores para María Sucel.

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