Los que temen perderlo todo: Reflexiones caminadas sobre la crueldad y el poder

Hoy salí a caminar como de costumbre, esta vez cuando el sol menguó su ira inconmensurable. Lo hice tomando el sur sobre Red Road, esa calle fronteriza entre Coral Gables y South Miami que me acerca a Ponce de León y me permite caminar bajo las manchas de sombra que proyectan sobre el suelo las columnas de concreto del Metro de Miami. Camino sobre una ciudad universitaria sin andenes generosos para nosotros los caminantes. Dista mucho esa calle fronteriza de representar “The City Beautiful”, el eslogan de mi querida Coral Gables. Sin embargo, es una de esas rutas donde mejor pienso.
Como casi todos los días, me enfrentaba a ese andén angosto, a veces invadido por plantas de jardín excesivamente crecidas que terminan devorándose el poco concreto que queda para caminar, máxime cuando debe compartirse con personas que transitan en los alrededores de la Universidad de Miami en scooters, bicicletas, patines o, si no, en desbandadas de jóvenes en plena maratón.

Caminé reflexionando sobre mis cosas de escritor, mis afugias, las temáticas, el acumulamiento de tareas y esa agenda que suelo imponerme para que aquello que escribo conserve la coherencia que los lectores merecen. A veces siento que, con todo lo que implica sostener la ilusión de ser escritor independiente, es como si sobre mis hombros descansara una pequeña editorial de veinte empleados y que, además de todo eso, todavía debiera escribir.

Pero supongo que no podría esperar otra cosa.

Todo lo que soy ha sido construido bajo mi propia responsabilidad.

Y aunque el oficio termina por saturar la mente y desgastar el cuerpo, también posee algo de profundamente lúdico, quizá porque no es solamente el cuerpo el que trabaja, sino también el alma, es decir, la conciencia misma.

Lo anterior, sin embargo, no fue lo más importante que sucedió sobre el camino. Pasaron muchas cosas convertidas en percepciones.

Cada vez que miro al suelo y descubro algo curioso, lo recojo y lo guardo en el bolsillo trasero de mis shorts. Por lo general son pequeñas sabandijas abandonadas por la ciudad, un chupo que algún bebé soltó sin que su nana lo advirtiera, un zapatico perdido, algún objeto extraño dejado atrás por manos desconocidas o incluso utensilios mínimos de quienes atraviesan sus propios extravíos.

Los recojo porque desde hace tiempo proyecto una idea un tanto extravagante para cuando publique mis mejores Crónicas de tres millas. Me propongo diseñar, con la ayuda de algún artista plástico, una portada a manera de collage, quizá con una caricatura de mi rostro rodeada por todos esos residuos diminutos que la ciudad va dejando detrás de sí. Tal vez pintada en óleos o acrílicos.

Es apenas una idea.

En mi casa ya empieza a acumularse una pequeña basura sentimental que algún día quizá termine convertida en arte.

Como quiera que sea, entre muchas otras cosas, aquel día pensaba en la extraña experiencia de compartir el espacio y las sensaciones con otros seres humanos mientras camino.

Lo advertí de ipso facto cuando vi que una estudiante, que venía trotando en dirección contraria sobre el mismo andén, al verme prefirió pasarse a la otra acera.

Quizá vio la acera demasiado angosta.

Quizá sintió incomodidad en la soledad del paisaje.

El temor es contagioso.

Fue entonces cuando encontré un motivo inesperado para rumiar mis pensamientos. Lo hice cuando sentí una forma extraña de inquietud en medio de la calma con la que caminaba. Inquietud ante la posibilidad de parecer amenazante sin serlo. Inquietud ante la idea de convertirme, aunque fuera por un instante, en una presencia incómoda dentro de la imaginación de otra persona.

Soy un hombre mayor, físicamente desestructurado, caminante solitario, quizá no tan lejos de aparentar ser uno de esos hombres cuya presencia incomoda a quienes no los conocen.

Y aunque comprendo perfectamente ese instinto humano de conservación —ese mecanismo silencioso que nos obliga a movernos con prudencia, a evitar aquello que podría alterar nuestra sensación de seguridad— terminé extrapolando aquella escena diminuta hacia algo mucho más grande.

Intuí que ella podía temerme.

Y al percibirlo, terminé temiendo aquello que yo mismo podía representar para ella.

Lo lamenté profundamente.

¿Qué podía hacer?

Entonces quedé enganchado en ese pensamiento. Durante las siguientes tres millas y media, aquellas ideas caminaron conmigo bajo las sombras alargadas de la tarde.

Y aunque ya había escrito sobre el temor en una de mis caminatas anteriores, Fear as a Tool for Social Mutation, aquella tarde empecé a profundizar nuevamente sobre su naturaleza y sobre la forma en que ciertos poderes parecen sostenerse gracias al temor que logran administrar.

No encontraba todavía una forma precisa de ejemplificarlo.

Pero aquella escena mínima terminó revelándome algo inquietante. Los seres humanos muchas veces infundimos temor incluso sin proponérnoslo.

Entonces apareció otro pensamiento, quizá más incómodo.

Quienes convierten el temor en herramienta de dominio suelen temer, más que nadie, el instante en que dejen de ser temidos.

Tal vez por eso la crueldad rara vez desciende sobre quienes poseen verdadero poder de respuesta. La brutalidad suele dirigirse hacia los más vulnerables, hacia quienes poseen menos capacidad de resistencia, menos mecanismos de defensa, menos posibilidades de alterar el equilibrio de fuerzas.

Así parece cerrarse el ciclo de la crueldad.

Seguí caminando.

Seguí rumiando pensamientos como una vaca extraviada entre pastizales y sombras.

Y mientras abandonaba la estructura de concreto del Metro de Miami enrutándome hacia el Coral Gables Hospital en el costado norte del campus universitario, empecé a sospechar que pocas energías resultan tan eficientes para sostener el poder como el temor a perder aquello que se posee, es decir, los bienes materiales, los privilegios acumulados, la influencia, la impunidad o el control.

Quizá por eso tantos sistemas terminan concentrando sus esfuerzos en protegerse a sí mismos antes que en proteger verdaderamente a sus ciudadanos.

El poder, muchas veces, parece proteger sobre todo al propio poder.

Y fue entonces cuando empecé a sospechar algo todavía más triste. El contrato social de nuestras sociedades tal vez se ha ido abandonando lentamente, hasta el punto en que la verdadera fortuna parece pertenecer únicamente a quienes aún pueden decir “vivo feliz”, aunque no tengan un centavo en el bolsillo.

A veces pienso que el contrato social de las grandes economías ya no parece un acuerdo con el colectivo humano, sino un pacto silencioso con la preservación del propio poder.

Mientras caminaba pensé que quizá una de las grandes tragedias contemporáneas consiste en que muchos poderes ya no gobiernan desde la serenidad de las instituciones, sino desde el temor a perder aquello que han acumulado. El poder de un jefe, de un político, de un gobernante, de un padre, de un policía, de un competidor e incluso de un delincuente puede transformarse lentamente en crueldad cuando descubre que el miedo resulta más eficaz que la empatía para imponerse sobre los demás.

Entonces mi pensamiento empezó a desplazarse hacia la época que nos tocó vivir.

A veces da la impresión de que ciertas estructuras políticas, económicas e incluso militares alrededor de nuestro mundo hubiesen terminado atrapadas dentro de sus propias contradicciones históricas. Como si el temor a perder influencia, control, legitimidad o impunidad hubiera comenzado lentamente a reemplazar la noción misma de servicio colectivo.

Y cuando el poder empieza a temer, rara vez se vuelve más humano.

Encona su crueldad y termina ignorando por completo a los mismos seres que hicieron posible su existencia.

Por el contrario, suele endurecerse.

Se blinda.

Se rodea de propaganda, de discursos absolutos, de enemigos imaginarios o de amenazas magnificadas. Necesita distraer, polarizar, fabricar urgencias, mantener a las sociedades emocionalmente tensas. Tal vez porque el temor colectivo resulta más fácil de administrar que la reflexión colectiva.

Entonces comprendí algo inquietante. Algunos de los liderazgos contemporáneos que aparentan mayor fortaleza quizá esconden, en el fondo, un temor descomunal a dejar de controlar el relato sobre sí mismos.

Y tal vez sea precisamente ahí donde comienza la crueldad.

Porque cuando el poder se acostumbra a sobrevivir desde el temor, termina alejándose lentamente de la empatía.

Ya no escucha.

Ya no representa.

Ya no protege.

Empieza únicamente a preservarse.

Me quedó entonces la sensación de que el temor no solamente condiciona las decisiones humanas, sino también la posibilidad misma de la felicidad. El miedo interrumpe la serenidad, altera la confianza y termina convirtiéndose en una forma silenciosa de cautiverio interior.
Quizá por eso alguna vez imaginé, incluso dentro de una de mis novelas, la posibilidad de una especie de Enmienda Vida, una idea sencilla y quizá imposible, el derecho elemental de todo ser humano a existir sin el peso constante del temor impuesto por otros.

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