Expresiones del autorAlas literarias: Mi vuelo como escritor y el vínculo con mis lectores.

Alas literarias: Mi vuelo como escritor y el vínculo con mis lectores.

Autor: ©2024 William Castano-Bedoya
REFLEXIONES SOBRE EL IMPACTO Y LA CONEXIÓN QUE PROVOCA MI NOVELA.
No puedo negar que aquel día estuve nervioso, inseguro, con el pánico escénico en mi interior, inexperto hasta la médula. Enfrentar al público, que luego se enfrentaría a mi obra, era para mí un acertijo oscuro, tortuoso. Sin embargo, mis amigos más cercanos, con quienes compartía esfuerzos comerciales más que literarios, acudieron solidarios y acompañaron la presentación de mi ópera prima, la novela «Flores para María Sucel».

Sucedió en el año 2006, justo en la librería «Books&Books» de Coral Gables, en el sureste de los Estados Unidos, donde una afectuosa señora de nombre Cristina Nosti me brindó su confianza para esa presentación. Qué interesante, eso sucedió hace 18 años. Ese día se vendieron unos cuantos ejemplares, yo diría que muchos para un primerizo, pues siendo un desconocido apenas, el favor de la compra provino de la amistad incondicional de aquellos que me conocían. Para eso están los amigos, aunque me daba vergüenza firmar mi novela para ellos, sabiendo que los había inducido a comprarlas por simple solidaridad. Sin embargo, ese día, ante mi nerviosismo, una buena mujer que atendía detrás del mostrador en Books&Books me dijo quedamente, con sabiduría innata: «No te preocupes, tu novela tiene alas; ella volará y volará sin que te des cuenta». Nunca olvidaré esas palabras proféticas.

Pero, ¿a qué viene tanto protocolo de palabras? Sucede que me encuentro en la necesidad de compartir contigo, amigo lector, cosas que me llegan al alma y que tienen que ver con mi novela; estos días, 18 años después, encontré un mensaje de alguien que no me conoce, ni yo tampoco conozco, y que, no siendo mi amigo, leyó esa novela y se conmovió hasta el punto de hacérmelo notar mediante un mensaje, mediante una simple imagen. Ese alguien, de nombre Cesar Augusto García Moreno, me autorizó a compartir su comentario. Realmente me sorprendió, pues ¿cómo no me va a gustar ver imágenes relacionadas con mi oficio de escribir, especialmente cuando llegan casi dos décadas después de haberla presentado en público? Entonces sostuvimos una comunicación virtual, espontánea, con Cesar Augusto:

—Cesar Augusto, qué agradable sorpresa ver mi novela contigo. ¿Cómo llegó a tus manos? Gracias por compartirme esa imagen. Te envío un abrazo muy cordial.

A lo que él, dos días después, en la mañana de domingo para ser más preciso, me respondió:

—Hola William, mayor sorpresa la mía ver que respondiste a una fotografía que envié pensando que no sería vista… muchas gracias por tomarte ese tiempo. Una persona en TransMilenio en Bogotá ofrecía dos de tus novelas, «Los Monólogos de Ludovico» y «Flores para María Sucel». Mi esposa, que conoce mi amor por la lectura, las recibió y, a pesar de que el joven no pedía dinero, ella sintió que podía compensarlo con algo y aunque el muchacho se resistió con negaciones, finalmente aceptó.

Al llegar a casa, mi esposa me contó lo sucedido, y yo, ansioso y feliz por este tipo de obsequios, la abracé y le agradecí.

Ya leí «Los Monólogos de Ludovico» y hoy domingo acabo de terminar «Flores para María Sucel»… Ayer, Sábado Santo, llegué a la página 327 y lloré mucho, mucho, conociendo la muerte y partida de Gilberto, y hoy, Domingo de Resurrección, terminé la novela con la partida de María Sucel.

Qué grandiosa y bonita novela, el final de «Flores para María Sucel» me devolvió al comienzo del amor entre ellos y ya personalmente me hace pensar en la vida, en mi familia, en mis padres, mis hijos, mi esposa y en mi vida; en el paso y camino que todos llevamos por este mundo.

Como escritor, no pude substraerme a no sentir melancolía, leyendo ese testimonio estuve muy apurado por algunas lágrimas dulces que florecieron, apurado por el testimonio, por el sentir. Experimenté haber recibido noticias de un hijo extraviado por la vida, noticias que me decían que estaba vivo y vibrando en su misión por este mundo. Entonces tan solo respondí con mi corazón henchido de emoción:

—Me haces llorar querido Cesar Augusto. Dios bendiga tu vida. Si me permites, paso este diálogo como testimonio. Recibe un abrazo de amistad, admiración y cariño. A lo que me respondió unos días después:

—Claro que sí William, es un halago que quieras compartir mi humilde comentario. Dios te bendiga también siempre y llene tus días de felicidad.

Te preguntarás ¿qué hago vanagloriándome de los testimonios sobre mi propia obra? Espero tu comprensión amigo lector. Debo confesar que este carácter narciso de comentar sobre mis propias obras obedece únicamente a esa necesidad y quizá obligación de contar las cosas que suceden sobre mi carrera como escritor, pues pertenezco a esa legión de escritores independientes, que aparte de escribir, hacemos gestión personal sobre nuestras novelas. Eso implica ser empresarios de nuestra propia obra, su diseño, impresión, difusión y comercialización, todo porque circunstancialmente no contamos con el acompañamiento del marketing que grandes empresas dedicadas al mundo de los libros aportan a sus escritores, ni a la gestión de agentes literarios en el manejo de agendas comerciales. No lo expreso desde el rincón del inconformismo sino desde el rincón de las circunstancias. Grandes escritores de la modernidad optaron por la autoedición con un éxito bastante bueno. Por fortuna, estamos transitando una época en la cual escritores independientes nos valemos de la infraestructura tecnológica para competir en este mundo desde la autoedición. Sobre esta realidad, he publicado mi más reciente novela titulada: «Nos vemos en Estocolmo», un lindo sarcasmo que vale la pena explorar.

Pero, ¿qué hace que esta historia testimonial sea más dulce y nostálgica? Pues, como todo en la vida, las circunstancias conspiran para que las cosas sucedan. En este caso, para que el buen Cesar Augusto García Moreno haya leído mis novelas. Esas circunstancias de las que hablo me llevaron a viajar a Colombia a cubrir un compromiso, invitado por la Universidad Jorge Tadeo Lozano en Bogotá, para hablar sobre ‘Los Monólogos de Ludovico’. Eso sucedió en octubre de 2022. Al evento llevé algunos ejemplares tanto de ‘Flores’ como del mismo Ludovico. Se esperaba una audiencia representativa y aunque la audiencia presencial no fue copiosa debido a un torrencial aguacero que nubló las intenciones de quienes quisieron asistir, más otras circunstancias como el tráfico infartado en Bogotá, entre otros boicots citadinos de fuerza mayor, dentro de los contados asistentes, había una figura sencilla, silenciosa, tímida. Era un sobrino a quien yo no conocía por cosas de la vida y debido a mi lejanía del país por décadas, y que humildemente se acercó a la universidad para conocerme. Nos dimos un abrazo e hicimos catarsis con el encuentro; su nombre, Nicolás Castaño. Al terminar el conversatorio, me acerqué a saludar a las personas que me acompañaron y, en la medida de los minutos, empezamos a quedarnos solos. Allí, en una mesa, estaban la mayoría de los libros que llevé al evento, demasiados para cubrir las expectativas. ¿Qué hacer con ese inventario? Me pregunté muchas veces, especialmente porque al día siguiente retornaría a Miami. Entonces, se me ocurrió que poner las novelas en manos de aquellos que voluntariamente quisieran leerlas sería parte de la misión para las cuales fueron escritas. De común acuerdo con mi sobrino Nicolás, quedamos en que él, durante los días siguientes, pondría de a poco mis novelas en una mochila y trataría de motivar a recibirlas, sin costo alguno, a pasajeros en el sistema de transporte público conocido como TransMilenio en Bogotá, para lo cual me comprometí a cubrir sus gastos logísticos y de desplazamiento. Mi sobrino Nicolás hizo una tarea formidable que agradezco infinitamente. Toda mi consideración y afecto por mi sobrino. Fue él quien incrustó la lectura en el seno de la familia García. Fue quien hizo posible que este testimonio surgiera de esas alas premonitorias que asignó a mi novela aquella funcionaria de Books&Books en 2006.

Llegan a mi mente otros testimonios. Hay algo en «Flores para María Sucel» que produce esa melancolía que mueve el alma siendo simplemente una obra de ficción literaria. Traigo a mi memoria otro momento acaecido en abril de 2023, me encontraba asistiendo a un centro de capacitación para inmigrantes recién llegados a los Estados Unidos, la mayoría con estatus de refugiados provenientes de Cuba, países centroamericanos, Latinoamérica y el Caribe, es un centro donde se imparten conocimientos vocacionales, y dentro de un grupo encontré varias personas muy queridas, muy dignas, tratando de aprender a vivir en los Estados Unidos, por alguna circunstancia regalé algunas copias de mi novela a ellos cuando supieron que me dedicaba a la literatura. Dentro del grupo, mi novela llegó a manos de una joven de nombre Marcela. Los días pasaron sin novedades hasta que me encontré con un mensaje que decía:

—William, terminé de leer «Flores para María Sucel», una historia tan triste como preciosa, llena de amor y realidad, una historia que llega al alma, gracias por compartirla. ¡Admiración total!

A lo cual le respondí:

—Gracias Marcela, qué bueno que la leíste. Es un honor para mí que mis novelas sean leídas y que lleguen a agradar. Recibe un cordial saludo con mis mejores deseos.

Ella respondió:

—Gracias William, mi mamá también la leyó y llora cuando comentamos algún punto de la historia, es imposible no identificarse con los personajes.

Qué puedo decir, amigo lector; al escribir «Flores» me inspiré en millones de mujeres latinoamericanas que mis ojos han visto, también en millones de hombres latinoamericanos, en millones de familias latinoamericanas, casi todos de clases medias, medias bajas y bajas, clases donde la condición humana aflora de las dificultades del trasegar por la vida de muchos. Quizás por esa razón los lectores encuentran algún valor literario en la obra y en sus personajes. Todos ellos, en cierta medida, reflejan lo que fueron mis padres, mis hermanos, mi familia. Quizás por esta razón mi novela tiene alas. Esas alas son también movidas por las circunstancias, son las alas de los lectores quienes la hacen volar hacia la eternidad de las historias, gracias al oficio de la literatura. Gracias a todos quienes han leído mis obras. Me esmero por cada día escribir mejor, por respeto a ustedes que aportan esa parte que cierra el vuelo del escritor, la lectura.

William es considerado como un escritor profundo y vivencial que representa la singularidad de lo humano. En Flores para María Sucel, deja al descubierto “los exilios del ser”, y en Los monólogos de Ludovico, el impacto de la frustración y la impotencia como factores que conforman el absurdo.

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