Gotié

©2012 Autor: William Castaño-Bedoya. 

Escribí este cuento, como parte de un reto que nos propusimos cumplir entre algunos entusiastas de la literatura. Lo escribí cuando Book&bilias estuvo activo en su primera fase, en esos tiempos que ya son inmemoriales, y que, a fondo, nos permitía comportarnos como niños que jugábamos con letras y puntuaciones.

Espero que Gotié sea de tu agrado. Sugiero no buscar en la red donde queda localizado Gotié, pues no es de este mundo, ni la meseta de una cordillera conocida con el nombre de Somiria en la recóndita Amarsia. Con mucho respeto espero que lo disfrutes .

Mientras se escabullía sigiloso entre los muros de la aldea a donde llegó huyendo, ahogado por la angustia, Cameo Trostky renegaba de su destino. Gotié era un lugar lánguido empotrado en la meseta de una cordillera conocida con el nombre de Somiria en la recóndita Amarsia. Eran las ocho y diecinueve de la tarde de aquel día tedioso, cuando alguien, con un poder inmenso y misterioso sopló sobre el firmamento y obligó a la luz del sol a guarecerse en su refugio. La tarde quedó a merced de las penumbras que atafagaron la naturaleza del lugar. Del verdor que ofrecían los momentos, previos a las ocho y diecinueve, fungieron nerviosas siluetas vestidas de luto en su totalidad. La aldea se tornó lacónica, pues se amalgamó con el cielo que ya se había arropado de un tortuoso cenizo. Ebrias flamas de unas cuantas lámparas aparecieron sin lograr vencer la lobreguez del lugar. Eran unas lámparas que producían destellos sordos y fulgores que mostraban el telón de raquíticas líneas de agua que, de a millones, huían veloces buscando acomodo en el suelo. Se presagiaban horas borrascosas.
Escasas personas, que parecían muchas, merodeaban por ahí y la luna, agobiada por nubarrones que se movían impacientes, andaba en la brega por mostrar su resplandor. A falta de truenos, la ventisca se encargaba de sonorizar esos momentos, mientras el silencio de los hombres era distraído por el ruido del sorbido de narices líquidas y las toses de algunos que se preparaban para estribar sus cuerpos en resquicios oscuros. Los ojos de Trostky contaban no haber dormido por días. Sin embargo, tenían la necesidad de vigilarlo todo, incluso el caminar de nerviosas cucarachas que con precaución pasaban sobre los adoquines; al fin y al cabo, muchas de ellas le habían servido de fiambre en noches anteriores.
«Pronto enloqueceré, lo sé… maldigo todo, lo maldigo, no quiero ser apresado antes de Navidad» pensó encorvando aún más su cuerpo, tratando de alargar sus harapos para cubrirse mejor. Cameo Trostky apenas alcanzaba los veintisiete años y desde hacía cuatro seguía con dedicación las andanzas de aquellos que en Navidad se disfrazaban de San Nicolás en diferentes lugares. Acosado por la ansiedad y el cansancio se recostó poniendo su cabeza sobre sus brazos y se arrimó lo que más pudo al muro para no tiritar hasta que se quedó dormido. La noche imperó plagada de incomodidades. Él no pudo descansar pues la ventisca y los sobresaltos le sobrevinieron como una maldita cantaleta.
Al final de la alborada, no lejos de ahí, en una plaza colmada de campechanos y labriegos, un pelafustán pegaba carteles en los muros. Una recompensa de quinientos peniques se ofrecía para quien encontrara a Cameo Trostky y lo entregara a la Sekret. La gente se atiborró para aprenderse de memoria la faz de Cameo. Se crearon escenas imaginarias y burlescas entre los más irónicos y burlescos; a los incautos, el cartel les creo miedos pues sabían qué aparecer dibujado ahí equivalía a ser juzgado a la pena capital luego de abominables tormentos; pero a otros, que a la postre eran bastantes, ese cartel les creo conmiseración pues odiaban a la Sekret. Un misterioso hombre, moreno de tez, tostado de piel, brotado de ojos, y vestido de color morado, observaba el gentío que crecía con el afán de la leche en ebullición. El pelafustán dejó de ser importante cuando recibió unas monedas de aquel misterioso personaje y se dejó engullir por la muchedumbre.
Al caer la tarde, Cameo descubrió los carteles. Al parecer, y para su gusto y suerte nadie le había reconocido. Sin embargo, sintió un vacío indescriptible en su vientre y sudó frío. «Maldición, ¿a qué horas llegué a convertirme en criminal? ¿A qué horas he matado tantos fulanos buscando al asesino de mi madre»? —se preguntó. Luego, se alejó acosado por la mirada de su rostro dibujado en el cartel y se internó en un bosque de espesas coníferas. Por el resto del día se mantuvo vigilante a merced de copiosas gotas que le producían temblores. El frío continuaba enloquecedor y sus ropas húmedas eran malas consejeras, sin embargo, su mente estuvo ocupada todo el tiempo elucubrando su estrategia de venganza y escape. Caída la noche, regresó sigiloso al mismo lugar que lo acogió con indiferencia la noche anterior y allí pernoctó. A la mañana siguiente, el asedio de los carteles y la necia premonición de que seria delatado por aquellos mendigos de la noche nuevamente aceleró su huida. Según sus cuentas, habría de caminar no menos de cincuenta millas en medio de gélidas trochas y caminos escarpados para llegar a otro pueblo donde quizás los carteles aún no estaban expuestos. Luego de tres días, Cameo Trostky llegó a un caserío y a borde de camino encontró una carnicería donde se veían cabras despellejadas colgadas en garfios de hierro. Luego de venderse, con algunas simpatías, como un experto despellejador de cabras, logró convencer al carnicero de permitirle sacrificar y desollar cuarenta de ellas durante dos días a cambio de dejarle dormir en el lugar y hacerse a alguna ropa y comida caliente. Su trabajo debería ser a la intemperie, detrás del establecimiento bajo un cobertizo improvisado, para él, estar allí , sería algo confidencial que le mantendría lejos de los carteles acusadores. Al final del día, sus manos estaban cansadas de apuñalar en sacrifico a tantos semovientes que luego despellejó. Esa noche, quedó rendido sobre un catre de madera forrado de cuero carmelita de disparejos lunares blancos, que el carnicero le proporcionó antes de dejarlo encerrado bajo candados.
Mientras masajeaba sus manos renegaba por su ingenuidad al haber escrito los nombres de sus víctimas en la última página de un librillo de canciones navideñas, el mismo que su madre leyó la noche que un hombre, vestido de San Nicolás, la asesinó al término de una celebración en la plaza principal de Gotié. «No debí haber escrito sus nombres, no debí, ahora la Sekret me busca, negaré que fui yo; que idiota fui al escribir la lista de mis muertos, pero… quizás ese librillo se perdió y ni siquiera la Sekret lo debe tener, y… entonces, ¿por qué mi rostro aparece en los carteles de Gotié?, por seguro, ellos lo encontraron» —pensó.
Las restantes cabras debían de ser sacrificadas y tendría que marcharse. Terminó temprano y a cambio recibió ropa gruesa pues la comida y el techo ya le habían sido retribuidos. Por fortuna, el día estuvo soleado, aunque continuó frío y ventoso. Según sus cuentas, protegido hasta sus ojos con su ropaje, se sintió seguro como para caminar por ahí consumiendo la noche antes de alejarse definitivamente de ese caserío. Sin embargo, se paralizó al ver como el carnicero, que lo había contratado, hablaba con personas, póster en mano, que al parecer eran agentes de la Sekret. De un salto se escabulló por la parte trasera internándose nuevamente en el bosque, su propósito ahora era regresar a Gotié sin importar que estuviese atiborrado de carteles con su rostro. Estar en Gotié para la noche de Navidad era su único destino y fin.
En el suelo de la plaza, un pedazo de periódico marcado de pisotones anunciaba la sorprendente noticia: “Apresado en Gotié Cameo Trostky”. Horas después, la gente se había atiborrado para comprobar si el dibujo del póster coincidía con el del detenido ponderando la calidad de quien hizo el retrato hablado. Sin embargo, las escenas imaginarias y burlescas entre los más irónicos y burlescos se consumaron; a los incautos, la detención les causo un cierto hálito de seguridad pues el asesino estaba a buen recaudo, pero a otros, que a la postre seguían siendo bastantes, la detención les creo aún más conmiseración pues ahora el resquemor por la Sekret se les acrecentaba.
Cameo Trostky asumió su defensa a falta de un abogado, lo hizo negando enfáticamente haber escrito esos nombres en el librillo de villancicos que fungía como prueba inequívoca de sus crímenes. Sin embargo, reconoció, ante el jurado, que el nombrado librillo le pertenecía a su madre antes de morir asesinada. Durante todo el juicio Cameo se dedicó a dejar en claro que un hombre disfrazado de San Nicolás asesinó a su madre años antes y se empecinó en aseverar que el asesino de su madre también había acabado con la vida de los cuatro San Nicolaces en navidades pasadas. De acuerdo con estos argumentos el jurado quedó enredado entre lo justo y lo injusto, entre la verdad y la mentira, entre la concordia o el castigo y hasta llegó a tener empatía por Cameo. No hubo un veredicto solidario, pero a la postre lo nombraron culpable. El juez, que debía sentenciarlo a la horca, se conmiseró y dictó una sentencia que dejó todos perplejos, con la boca abierta: “¡Cameo Trostky será sometido a una lobotomía, así no recordará nada y su frustración cesará!”. Desconcertado por tan misteriosa sentencia, Cameo intuyó que sería algo menos grave que la muerte que por seguro le sería proferida, pero ni él ni los asistentes al juicio lograron entenderlo. Horas después, se enteró, en palabras rumoradas por un guardia, que le meterían un cincel en la frente para desconectarle sus emociones. Lo harían frente a la muchedumbre, tan pronto como llegase un especialista. Según el juez le había perdonado su vida y a su vez evitaría que cometiese más crímenes pues el juez sostenía que sus asesinatos habían sucedido en medio de un profundo dolor. Cameo suplicó que le sentenciaran la pena de muerte, pero le fue negado y sería inducido a la lobotomía un día antes de Navidad. Pasados varios días, aquellos que sintieron conmiseración por Trostky frente al cartel de la plaza de Gotié, se confabularon y con la anuencia de algún guardia de alto rango, en un silencioso plan, lo extrajeron del calabozo. Cameo escapó sin explicaciones ni culpables y nuevamente pulularon los carteles con aún más recompensa.
En la municipalidad los funcionarios públicos organizaban los festejos de Navidad. Se habían tomado todas las precauciones para que Trostky no asesinara a algún hombre vestido de San Nicolás. Como carnada, la Sekret decidió disfrazar de San Nicolás a varios de sus mejores agentes y los mimetizaría entre la celebración. Mientras tanto, Cameo permanecía oculto en el bosque, esta vez sus pensamientos tenían la tozuda misión de descifrar el rostro del asesino de su madre antes de seguir matando inocentes. Reconstruyó una vez más, dentro de miles de veces, el crimen del cual fue el único testigo. Cada puñalada que le fue proferida a su madre mientras él estaba mareado por un licor que ese fulano le brindó en la celebración, fue repasada con pulcritud, de forma lúcida, con lujo de detalles, con curia. En esa exploración, logró visualizar la piel del asesino, rememoró los deterioros en sus pómulos causados por la intemperie y nuevamente vislumbró sus ojos llenos de odio que hablaban de muerte hasta la saciedad. Del puñal solo evocó su forma de alfanje ensangrentado. Su pensamiento, como influido por una revelación, se transportó al juicio y se concentró en el jefe de la Sekret que, en su afán acusatorio ante el interrogatorio del fiscal, dejaba ver sus ojos rabiosos y su voz que pedía con afán su sentencia de muerte. Algunos gestos de ese acusador eran semejantes a los de aquella noche fatídica. Habría mucho que indagar de esos detalles pues hasta su tipo de piel denotaba el influjo del viento seco. Sin embargo, no se sintió seguro y resolvió regresar al lugar de la noche donde pernoctó dos días atrás.
Esta vez, se ubicó cerca de un mendigo que ya estaba acomodado y semidormido. Disimuló acomodos bruscos y le buscó conversación. El hombre, parco y antisocial no mostró interés así que se marchó a otro umbral donde un par de ancianas conversaban quedamente. Cameo se avergonzó al descubrir que eran hembras y les pidió disculpas e intentó marcharse, ellas, con humildad, le invitaron a quedarse, total, preferían estar protegidas, por un varón, de algún maloliente que quisiera robar sus aparejos. Hablaron en susurro de sus vidas y miserias. Cameo, indujo la conversación hacia la sentencia y fuga de aquel asesino de los San Nicolaces, a lo cual, una de ellas dejo por entendido que el jefe de la Sekret fue quien ordenó pegar los carteles en Gotié y que le pago al pelafustán por hacer el trabajo; dijo, que ella misma lo vio en la plaza el día en que sucedió. Cameo, decidió no dormir junto a ellas, y, sigiloso, se dirigió a una calle empedrada donde una casona con ventanales de maderas finas posaba adornada con faroles que producían una luz tenue pero suficiente. Solo su sombra se vio por algunos segundos, luego nada.
El periódico de Gotié del día siguiente anunció una tragedia más, el jefe de la Sekret había sido asesinado. Junto a su cuerpo estaba un disfraz de San Nicolás ensangrentado y un alfanje corto. Más tarde se sabría, de acuerdo con los archivos judiciales, que el jefe de la Sekret había sido asociado con el asesinato de la madre de Cameo Trostky.
La aldea se esmeró por encontrar a Cameo, se pedía su indulto, pero Trostky jamás reapareció.

William es un escritor Colombo estadounidense que cautiva al lector con su habilidad para plasmar las experiencias únicas y las luchas universales de la humanidad. Originario del Eje Cafetero de Colombia, nació en Armenia y pasó su juventud en Bogotá, donde estudió Marketing y Publicidad en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. En la década de 1980, emigró a Estados Unidos, donde se naturalizó como ciudadano estadounidense y desempeñó roles destacados como líder creativo y de imagen para proyectos de grandes corporaciones. Después de una exitosa carrera en el mundo del marketing, William decidió dedicarse por completo a su verdadera pasión: la literatura. A principios de siglo comenzó a escribir, pero fue en 2018 cuando tomó la decisión de hacer de la escritura su principal ocupación. Actualmente, reside en Coral Gables, Florida, donde encuentra inspiración para sus obras. El estilo de escritura de William se distingue por su profundidad, humanidad y autenticidad. Entre sus obras más destacadas se encuentran ‘Nos Vemos en Estocolmo’, ‘Los Mendigos de la luz de Mercurio: We the Other People’, ‘El Galpón’, ‘Flores para María Sucel’ y ‘Los Monólogos de Ludovico’.

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