LecturasConfieso que he leído. «2666»

Confieso que he leído. «2666»

Autor: William Castaño-Bedoya ©2021

La entrevista que realizó Cristián Warnken, profesor de literatura y celebridad de la intelectualidad chilena en 1999 a Roberto Bolaño —Fallecido cuatro años después—. Me indujo a explorar a este escritor y en esa búsqueda encontré un número mágico, misterioso, el 2666. Entonces, busqué una respuesta por medio de una escueta ciberplática con un amigo, que al igual que Bolaño, dedican su vida con ilusión a la literatura:
Yo: Hola, feliz sábado. ¿Alguna vez leíste «2666»?
Él: No. Es un mamotreto como de mil páginas. Lo que sí leí fue «Los detectives salvajes» y algunos cuentos.
Yo: Pero… ¿Intentaste leerla?
Él: Pues es que exige mucho tiempo, pero te aseguro que vale la pena. El hombre es muy bueno.
Yo: Gracias. Que tengas un feliz día.
Pese a escuchar, en bohemias y tertulias, tantas cosas buenas sobre Roberto Bolaño, nunca lo había leído. No fue justo no haberlo hecho. Me escudo quizás en que la vida no me lo había permitido o porque simplemente el destino no me había retado a hacerlo. Siempre hay una motivación por la cual abordo una obra literaria, esta vez, me motivó imaginar a Bolaño escribiendo esta obra majestuosa sin dejar de pensar en su familia. Él estaba enfermo y en su mente quizás galopaba el dolor que inflige la incertidumbre de una posible muerte tempranera, o quizás el desahucio interior.

A los tres días recibí a mi casa una pequeña caja de cartón, y dentro de ella, retador como él solo, estaba el libro de Bolaño. Se me asemejó a un toro de casta, de esos que escarban la arena y la arrojan para atrás mientras por sus narices soplan humo. Uno de esos toros conocidos como alfa, que son dominantes. 2666 estaba frente a mí, un libro alfa, que marcaba territorio en mi propia casa donde yo habría de aplicarle unas verónicas o unas chicuelinas siempre respetando el ejemplar. Ese día la plaza de mis ilusiones se colmó de esa necesidad de disfrutar de la lectura brava. Libro en mano y gafas estribadas, me dispuse a enfrentar a 2666, es decir a 1123 páginas en tipografía de 10 puntos. Una obra espesa pero que goza de la viscosidad necesaria en cada página, como para no empalagar. El punto de sabor que le impregna Bolaño a su obra es aquel al que se refería un gran amigo que evoco hoy, un amigo de ojos tiernos y mirada sabia, un hombrecillo octogenario del que mucho aprendí, que nos dejó hace más de veinte años, su nombre sigue siendo Orley Pereira, artista plástico en vida, tan brasilero como la samba, persona grata, muy espiritual, muy talentoso, él sostenía: “La mano de Dios está presente en ese momento donde, una obra hecha por el hombre, no necesita más ni menos para parecer perfecta”. El sabor que le impregnó Bolaño a 2666, aunque se dice no haber sido del todo terminada en carpintería y otras cosas que ya ni importan, no necesitó ni más ni menos palabras para haber llegado a ser lo que es hoy, un referente mundial de nuestra literatura nacida en español. Puedo imaginarme a Bolaño y a Orley departiendo sabiduría por allá donde quiera que estén.

Me dejé llevar por la pluma y sus imágenes. Bolaño aborda varias temáticas: los feminicidios en época recientes en México donde el autor vivió gran parte de su vida; el frente oriental en la segunda guerra mundial; el mundo de los intelectuales y académicos; las enfermedades mentales; el periodismo; y en general la puesta del siglo XX como un siglo en decadencia. La primera parte o novela, es decir, La parte de los críticos, me mostró, en cierta medida, como la intelectualidad puede crear con su juicio poderoso a un gran autor. En esta parte, Bolaño da vida a cuatro intelectuales, los críticos: un francés llamado Jean-Claude Pelletier, un italiano de nombre Piero Morini, a Manuel Espinoza, español y a una interesante y no menos seductora, para mi gusto, profesora inglesa de nombre Liz Norton, de la cual, como a los personajes que nombré, yo también amé. Estos cuatro personajes buscan con esmero la presencia del escritor alemán Benno von Archimboldi a quien nunca llegan a conocer, pues su presencia física es un gran misterio pese a la omnipresencia que le achacaban. Lo llegaron a considerár merecedor del premio novel de literatura. La búsqueda de Archimboldi los lleva a México, geografía que impera en la obra y que a la postre entrelaza a las cinco partes de 2666. Confieso que la primera parte, La parte de los críticos, junto a la quinta, La parte de Archimboldy, me hicieron pensar acerca del oficio de escribir, del oficio de publicar, en el sentido que imperaba para las épocas en las que lo circunscribe Bolaños. En la época cuando Archimboldy empezó a escribir, en medio de la segunda guerra mundial, el éxito dependía en exclusiva de los mejores editores e impresores que en Alemania debían estar alienados con Hitler y sus dominios. A Archimboldy lo catapulta un editor llamado Bubis, marido de una varonesa que entra en affaires con Archimboldy. Bolaño deja notar con algún desdén, muy subliminal, como Bubis llega a publicarlo sin ni siquiera leer sus manuscritos ni haberlos digerido, ni haberse mostrado asombrado ni cosas parecidas. 2666 logra que el lector se involucre en la investigación de los asesinatos de mujeres en Juárez en México en La parte de los asesinatos, allí, se conduce Archimboldy y queda emparentado con en posible asesino en serie que lleva su sangre, época de los 90 del siglo XX. Al leer esa obra no dejo de pensar sobre la gran cantidad de experiencias y aprendizajes que debió compilar el autor para ejemplarizar no solo ese drama abominable sino también el tema de la posguerra y la guerra, los campos de concentración, la vida del mundo intelectual que le circundaba. Leyendo la parte de Archimboldy, creé ciertas analogías con El esclavo de Isaac Bashevis Singer, por el tema de los judíos perseguidos y me trasladé a la Polonia del siglo XVII.

¿Recomiendo la lectura de 2666? Sí.

William es un escritor Colombo estadounidense que cautiva al lector con su habilidad para plasmar las experiencias únicas y las luchas universales de la humanidad. Originario del Eje Cafetero de Colombia, nació en Armenia y pasó su juventud en Bogotá, donde estudió Marketing y Publicidad en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. En la década de 1980, emigró a Estados Unidos, donde se naturalizó como ciudadano estadounidense y desempeñó roles destacados como líder creativo y de imagen para proyectos de grandes corporaciones. Después de una exitosa carrera en el mundo del marketing, William decidió dedicarse por completo a su verdadera pasión: la literatura. A principios de siglo comenzó a escribir, pero fue en 2018 cuando tomó la decisión de hacer de la escritura su principal ocupación. Actualmente, reside en Coral Gables, Florida, donde encuentra inspiración para sus obras. El estilo de escritura de William se distingue por su profundidad, humanidad y autenticidad. Entre sus obras más destacadas se encuentran ‘Nos Vemos en Estocolmo’, ‘Los Mendigos de la luz de Mercurio: We the Other People’, ‘El Galpón’, ‘Flores para María Sucel’ y ‘Los Monólogos de Ludovico’.

Comments (2)

  • Janiel Pemberty

    Hola William. Me encanta tu artículo. Nos has picado la curiosidad con él y leyéndolo concluyo que Bolaños es siempre una muy profunda y grata sorpresa. Como la que me ha causado, con gran emoción, que continúes en las lides literarias. Felicitaciones.

    • William Castano

      Querido Janiel, más me encanta reencontrarte haciendo una nota en este articulo. Recibe un abrazo fuerte. Este libro esta aquí para cuando lo desees, nos tomamos un cafecito juntos y allí mismo te lo heredo.

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